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Dos mil millones de telespectadores no despegaban los ojos de la televisión. La mayor audiencia de la historia fusionaba el patriotismo de cada nación con la curiosidad mundial por el desempeño de un país: China.
Los enigmáticos chinos habían mantenido en secreto su mayor exhibición ante el planeta: la ceremonia de apertura de los juegos Olímpicos de 2008 en Pekín sé invirtieron millones de dólares en esas pocas horas que hipnotizaron al mundo con un sincronismo impecable de luces, sonidos, colores, fuegos artificiales e incontables sorpresas. Pero esta vez, el mayor encanto no provendría de una antorcha olímpica, sino de una miniprincesa vestida con un inocente vestido rojo. Su actuación dejó al público en silencio y a muchos les arrancó lágrimas. La delicada Lin Miaoke, de 9 años, conquistó instantáneamente al mundo al interpretar la canción «Oda a la Patria» en el momento más hermoso de la ceremonia. Su canto perfectamente afinado estaba acompañado de una mirada ingenua y una sonrisa angelical. Parecía un cuento de hadas... que duró poco. Poco después, se cayó el velo que cubría la farsa china..
La verdad es que la belleza pertenecía a Lin, el peinado impecable era suyo, , incluso su dulzura e inocencia eran auténticas. Solo había una excepción embarazosa: la voz dulce no era suya. La verdadera cantante era Yang Peiyi, de 7 años. Esta pequeña tenía una afinación perfecta, pero según los organizadores, no cumplía con el ideal de belleza para representar con orgullo a China ante el mundo. La indignación fue general, ya que nadie podía aceptar que una niña inocente estuviera escondida como «dobladora de voz».
Un mundo injusto, ¿no es así? Con David también lo fue. ¿Recuerdas cuando su propio padre lo olvidó al momento de mostrar a sus «hijos héroes» al profeta? Al final, el «pequeño pastor de ovejas» fue ungido como futuro rey. ¿Sabes por qué? Porque mientras la multitud se deja engañar por las apariencias, Dios conoce la verdadera esencia.
En la competencia de la vida, a gente solo ve la superficie, pero el Señor examina el alma. Es asombroso cómo a nuestro Padre celestial no lo engaña lo que solo seduce a los ojos, él escucha la voz del corazón. Piensa en esto cuando te veas admirando demasiado el envoltorio. Intenta ver como Dios ve: lo bonito del interior siempre debe ser más importante que la fachada externa. Y no te dejes engañar por cualquier doblaje.