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¿Qué imagen se te viene a la mente cuando piensas en una feria? ¿Puestos de madera y tela? ¿Frutas y verduras que los comerciantes ofrecen a gritos? Yo recuerdo un lugar lleno de gente, carritos de metal, puestos de pastel y muchas ofertas.
Ahora, imaginemos una feria completamente diferente. Los clientes no llevan dinero para comprar lechuga y tomates. Son millonarios, tienen los bolsillos llenos En las numerosas tiendas también hay regateo, pero ¿sabes qué se vende? Oro, diamantes y piedras preciosas.
Vamos al otro lado del planeta, en Dubái, la metrópoli multimillonaria de los Emiratos Árabes y el mayor destino del lujo de nuestra generación. En esta ciudad futurista, con edificios impresionantes, hay un lugar llamado -nada más y nada menos- la Feria del Oro. Sí, lleva tus lentes de sol, porque hay tanto brillo dorado que encandila y desafía la prudencia de los bolsillos.
Allí, las 300 «tiendas preciosas» constantemente reúnen más de 10 toneladas de oro puro, siempre disponibles para los compradores. Y hay algo que resulta casi cómico. Este mercado dorado está ubicado entre el mercado del pescado y el de vegetales. ¿Te imaginas? Un ama de casa llena su bolsa con remolachas, compra unos gramos de oro y se lleva un kilo de sardinas. ¿Qué tal? Solo en Dubái pueden ocurrir cosas así.
¿Sabías que en la Biblia también hay mucho oro? Los egipcios, en duelo por la muerte de los primogénitos, le dieron oro a los israelitas. El santuario tenía piezas de oro puro. Babilonia estaba representada en la visión de Nabucodonosor con una cabeza de oro. Como si eso no fuera suficiente, el rey mandó construir una estatua gigantesca de oro macizo. Y me encanta la declaración de Pedro al decirle al paralítico en el templo: «Yo no tengo plata ni oro para ti, pero te daré lo que tengo», y luego lo sanó con un milagro espectacular.
Un día, los salvos recibirán una corona de oro, ¿Quieres una? ¡Yo también! Pero para eso, debemos vivir de la mejor manera con Dios hoy. Así como el oro es un metal puro, el joven cristiano debe distinguirse por su excelencia. Sigue la voluntad del Señor y serás más valioso que el oro. Si tu valor es precioso como hijo de Dios, vive con un carácter ejemplar. Porque ninguno de nosotros fue hecho para estar «en oferta» en alguna feria, ¿verdad?
Ni siquiera en una de oro.