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Aquello no era un avión! ¡Parecía una carreta voladora! En la entrada, ya me di cuenta de que la aeronave debía tener la misma edad que mi abuela. La alfombra del suelo estaba rasgada, y la tripulante de cabiha, con un uniforme desteñido, no tenía una expresión facial muy amigable que digamos. El aire acondicionado estaba apagado, lo que generaba un calor sofocante insoportable. A medida que caminaba por el pasillo, mi miedo aumentaba. Las luces del techo eran un mosaico aterrador de algunos focos parpadeantes y otros quemados; los números de los asientos estaban escritos en adhesivos sucios despegados con torpeza en las filas traseras.
Al sentarme, la sangre se me subió a la cabeza de golpe: mis piernas no cabían en el asiento, más estrecho que en todos los vuelos que había tomado en mi vida. Intenté reclinar el respaldo, pero era imposible, porque el botón estaba sellado para reducir aún más el espacio de cada pasajero. La luz sobre mi cabeza se había caído, dejando un agujero por donde se veía el fuselaje. Cuando intenté cambiar la dirección de la ventilación, se desprendió y quedó colgando como si fuera un adorno colgante siniestro de una cuna de terror. ¡Espantoso! Había ventanas rajadas, partes del revestimiento se desprendían, además de que las turbinas hacían un sonido maquiavélico. Pero yo volvería a casa, ¡y mis ganas de llegar eran más fuertes!
Cuando la puerta principal se cerró, miré hacia otra puerta más pequeña, cerradísima. Allí dentro estaría el comandante del avión. En realidad, nunca sabemos cómo es. ¿Tendrá el pelo blanco? ¿Será alto o bajo? ¿Tendrá pinta de galán o un bigote grueso como un pincel? No lo sabemos. Pero allí está él, escondido detrás de esa puerta blindada con un pequeño vidrio para espiar desde dentro. Y todas las vidas en tránsito, en ese momento, descansan en las manos hábiles de un piloto. ¡En eso pensé!
Tener fe es volar en algo feo y viejo sin saber ni siquiera cómo es la cara del comandante. Tener fe es creer que esa chatarra antigua está en condiciones de surcar los cielos. Tener fe es confiarle la vida a la habilidad de un piloto al que solo le escuchamos la voz. Como dice la Biblia, la fe es la certeza de lo que no se ve.
Bueno, volamos y aterrizamos sanos y salvos. Tú también puedes creer que, incluso aunque vivamos en este vehículo remendado llamado Tierra, hay un Piloto de pilotos que se ocupa de todo. Estar en sus manos es confiar en que llegaremos bien, a pesar del pecado en nuestro medio de transporte. ¿Comenzamos este viaje?