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El pequeño niño cruel

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«YO TRAERÉ PAZ AL PAÍS [...] Y NO HABRÁ GUERRA EN SU TERRITORIO» (LEVÍTICO 26:6, NVI).

El reloj marcaba las 8:15 de la mañana, hace 81 años. Los habitantes de aquella ciudad se preparaban para otro día normal de trabajo bajo un cielo despejado. Aunque la Segunda Guerra Mundial ocupaba la portada de todos los periódicos, ese lugar parecía extrañamente intacto por el conflicto bélico, como si estuviera en otro planeta.

De repente, un avión surcó el cielo y dejó caer un objeto oscuro y contundente. Irónicamente, el nombre de ese objeto terrorífico era «Little boy», algo así como «niñito» en español. Un destello enceguecedor cubrió el horizonte, seguido de una oscuridad repentina. Nadie entendió nada. Solo sintieron como si el sol hubiera caído sobre sus cabezas. Todo ocurrió tan rápido que el pensamiento no alcanzó a procesar la realidad.

A las 8:16 de la mañana, la ciudad ya no existía. Era como si un pie gigantesco y ardiente hubiera aplastado en segundos cada rincón de Hiroshima. Un instante bastó para que 80 mil personas fueran exterminadas.

El lanzamiento de la bomba atómica fue, sin duda, uno de los momentos más infames de la historia. Por primera vez, la humanidad comprobó que tenía el poder de autodestruirse completamente. Otras 60 mil personas morirían tiempo después por la radiación. Finalmente, Japón se rindió ante Estados Unidos.

Hoy, Hiroshima es una ciudad inmensa. Yo estuve allí. Sus rascacielos y avenidas ya no recuerdan el desierto de escombros, polvo, sangre y dolor de aquella mañana. Excepto en un lugar: Genbaku, donde aún permanecen los restos de un edificio calcinado, con la cúpula de hierro retorcida. Exactamente allí, a 500 metros del suelo, explotó la bomba e incineró todo a su paso. En ese sitio, junto a los monumentos que recuerdan la tragedia, la gente deja botellas de agua en honor a los miles de inocentes que murieron de sed, con sus cuerpos en las llamas.

Fue el viaje más triste de mi vida. Estar allí me hizo rogarle a Dios por la paz prometida en la Biblia.

Aprovechemos este día para clamar al cielo por el fin del pecado en el mundo. Porque con Jesús, las guerras y las atrocidades tienen los días contados. Hagamos nuestra parte para que la paz eterna se haga realidad en nuestra generación. Cristo tiene que volver pronto.

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