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Satanás sembró la disensión entre los ángeles celestiales. ¿Qué les habrá dicho a los ángeles para convencerlos a seguirlo y pelear contra Dios? Podemos tener una idea de la clase de argumentación persuasiva de Satanás leyendo el libro de Job. Se dice que un día en que debían presentarse ante el Señor sus servidores celestiales, se presentó también el acusador entre ellos, y se suscitó un diálogo entre Dios y Satanás (Job 1:7-11):
-¿De dónde vienes?
-He andado recorriendo la tierra de un lado a otro.
Entonces le dijo el Señor:
-¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie en la tierra como él, que me sirva tan fielmente y viva una vida tan recta y sin tacha, cuidando de no hacer mal a nadie.
Pero el acusador contestó:
-Pues no de balde te sirve con tanta fidelidad. Tú no dejas que nadie lo toque, ni a él ni a su familia ni a nada de lo que tiene; tú bendices todo lo que hace, y él es el hombre más rico en ganado de todo el país. Pero quítale todo lo que tiene y verás cómo te maldice en tu propia cara.
En otras palabras, Satanás piensa que Dios compra la lealtad de sus hijos a cambio de bendiciones materiales, como la protección y las riquezas. Eso no sería amor, sino conveniencia. Su lógica es que en el momento en que esos beneficios son retirados, sus creaturas se dan cuenta de que Dios no es confiable. Y no hubo forma de convencer a Satanás de que Dios es amor, por lo que «fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña a todo el mundo. Él y sus ángeles fueron lanzados a la tierra» (Apocalipsis 12: 9).
Expulsar a Satanás del cielo era solo una solución parcial. Pero una vez en la Tierra, el villano estaba todo menos vencido.