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Cuando reflexionamos en los logros en materia deportiva de algunos, no podemos menos que admirar la capacidad con que Dios dotó a la humanidad. Por ejemplo, Michael Phelps, el nadador estadounidense, quien comenzó a nadar en serio a los 7 años. Para la edad de 15, ya formaba parte de la selección olímpica nacional, algo que no había sucedido en 68 años. Todavía no tenía 16 años cuando se convirtió en el nadador más joven en establecer un récord mundial-en los 200 metros estilo mariposatras derrotar a lan Thorpe.
Phelps ha participado en 4 olimpiadas, acumulando un total de 22 medallas: 18 de oro, 2 de plata y 2 de bronce. Tras su participación en las olimpiadas de Londres 2012, se consolidó como el deportista olímpico más exitoso de la historia. Michael Phelps se retiró de las competencias en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en 2016.
Pese a todos estos logros, hay algo que acompaña a Phelps todo el tiempo: tiene trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Cuando no está en la alberca y en especial cuando está ante los medios, las enormes manos de Michael se están moviendo constantemente: las junta, aprieta una mano con la otra, juega con el popote de la bebida que tiene en los dedos, oprime los botones de su teléfono celular, etc.
Cuando era niño, su madre se aseguraba de que el chico siempre tuviera algo que hacer, alguna actividad que lo mantuviera enfocado. Las cosas que parecían mantener mejor concentrado a Michael eran la escuela, las comidas y su entrenamiento deportivo. Michael cuenta que él «era siempre el chico inquieto que andaba moviéndose de aquí a allá. Literalmente no podía estar quieto».
No es extraño que quienes logran grandes cosas también tengan grandes defectos. Por eso, el sentirse más importante de lo que uno verdaderamente es no es sabio. Pablo dice que eso es engañarse; y es un engaño porque sentirnos demasiado grandes es ignorar la realidad de nuestra vida, que incluye virtudes y defectos. Los defectos con frecuencia sobrecogen a nuestras virtudes, lo que nos hace vernos muy mal si nos enaltecemos.
La sabiduría bíblica vuelve a confirmarse en la vida práctica: a los humildes les va mejor. No busquemos la gloria propia; recordemos que a las virtudes las acompañan defectos que no podemos negar. Hagamos nuestro mejor esfuerzo por crecer y desarrollarnos, pero dejémosle la gloria a Dios.