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¿Conoces la esgrima? Hoy hablaré de Rubén Limardo, medalla de oro en esgrima (modalidad espada) en Londres 2012, quien consiguió la segunda medalla olímpica de oro en la historia de su país y la primera medalla de oro para Latinoamérica en esta rama del deporte desde 1904.
Un familiar de Rubén, su tío Ruperto Gascón, era un espadista graduado de la antigua Unión Soviética. El tío volvió a su país natal como maestro de armas en las tres especialidades de la esgrima (florete, espada y sable). La influencia de su tío fue muy fuerte; temprano en su niñez, Rubén desarrolló una pasión por la espada y soñó con llegar lejos. Ese sueño le costó dedicar 20 de sus 27 años de edad a este deporte.
Aparte de vivir lejos de su tierra y de los que ama, pues estudia y se entrena en Polonia, Rubén debe dedicar un período importante del día para ejercitarse. Tiene novia, pero casi no la ve porque necesita prepararse con dedicación. Si bien su nombre se ha hecho grande en el país por el logro olímpico, se tiene que cuidar para no excederse. Hablando de la vida en las discotecas dice: «Las rumbas desgastan mucho; un día de trasnocho es perder un día de trabajo».
Rubén Limardo tiene otros sueños. En su vida cotidiana es un estudiante de la Licenciatura en Educación Física y también estudia Negocio, pero tiene la visión de establecer una gerencia deportiva y hacer de Venezuela una potencia en deportes. Más específicamente, Rubén sueña con identificar a niños con talento, prepararlos y canalizarlos al extranjero como hicieron con él para que aprendan con los mejores entrenadores del mundo.
¿Cuánto estamos dispuestos a pagar para lograr nuestras metas? Muchos sueñan con cosas grandes, como alguna vez Limardo las soñó. Nos vemos en nuestra imaginación recibiendo honores u obteniendo riquezas por nuestro trabajo o influencia, pero el precio real es la abstinencia y la disciplina: dejar de hacer aquello que nos daña y hacer con entusiasmo lo que tenemos que hacer, sea que tengamos ganas o no.
¿No debería ser así también la vida espiritual? ¿No deseamos llegar a ser como Jesús? Pero ¿estamos pagando el precio para ello? Pablo dice que nuestra corona es incorruptible, así que no puede conseguirse con menores esfuerzos que los logros seculares. Esforcémonos espiritualmente y seamos valientes hoy; soñemos en grande y paguemos el precio de la disciplina porque, a su tiempo, Dios nos dará la corona.