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A la mayoría nos gustan los deportes, pero una cosa es disfrutar el deporte como entretenimiento y otra cosa es practicarlo de manera profesional. Hoy hablaré de Carlos Ángel Roa, ex-portero argentino conocido por su destacada carrera en el fútbol profesional, especialmente por su participación en la selección argentina durante la Copa del Mundo de 1998 en Francia.
Comenzó su carrera en el Racing Club y luego en el Lanús, en Argentina, donde jugó durante varios años antes de ser transferido al RCD Mallorca en España. Más tarde, pasó por clubes como Albacete Balompié, Real Madrid y Real Mallorca antes de regresar a Argentina para jugar en San Lorenzo.
Su mayor logro en el fútbol profesional fue su participación en la Copa del Mundo de 1998, donde fue el portero titular de la selección argentina. Roa tuvo un desempeño destacado durante el torneo, ayudando a su equipo a llegar a los cuartos de final. Fue precisamente en la selección nacional que fue apodado «Lechuga» Roa, debido a su estricto vegetarianismo. Carlos Roa había adoptado el estilo de vida y la fe adventista de sus padres.
A pesar de su éxito en la Copa del Mundo, ser seleccionado nacional, ganar mucho dinero y jugar en Europa, Roa experimentó algunas luchas en su carrera, particularmente en lo espiritual. Roa se vio ante el desafío de jugar partidos en sábado, y su conciencia lo tenía intranquilo por haber cedido en ocasiones. Fue entonces que decidió no jugar más en sábado y expresarle su deseo al director técnico. La calidad futbolística de Roa llevó a los directivos a entregarle un cheque en blanco para que el mismo Roa definiera la cantidad de dinero que quisiera ganar. Pero esta vez su compromiso con Dios era firme.
Tras haber recibido el premio Zamora como el mejor portero de la liga española, Roa decidió retirarse del fútbol profesional y convertirse en un pastor. Se rumoraba que Roa era pretendido por el Manchester United, más, con todo, salió para dedicarse por completo a su fe.
Más adelante, volvió al fútbol profesional, pero con la condición de no jugar los sábados en ninguna circunstancia. Luego vendría otro revés para Roa: un cáncer testicular lo sacó de la cancha por un año completo, si bien siguió jugando después en equipos de segunda y tercera división en España. A los 37, dejó de jugar y se convirtió en entrenador de porteros mientras mantenía su fe. Es cierto, el héroe puede caer, pero. Vuelve a levantarse. Nosotros también podemos hacerlo.