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Un villano movido por la envidia

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«Entregarse a la amargura o a la pasión es una necedad que lleva a la muerte» (Job 5: 2).

Mónica Seles era una joven deportista muy exitosa a principios de la década de 1990, logrando éxitos destacados en el tenis profesional. Fue la número uno del mundo en la WTA, logrando este hito a la edad de 17 años en 1991. Ganó nueve títulos de Grand Slam (cuatro Abierto de Australia, tres Roland Garros, dos Abierto de Estados Unidos), y fue la jugadora más joven en ganar el Abierto de Francia, entre otros logros. Seles ganó numerosos títulos en otros torneos y fue una de las jugadoras más dominantes en el tenis femenino en la década de 1990.

Todo lo anterior cambió el 30 de abril de 1993, cuando su carrera se vio interrumpida por el ataque que sufrió. Seles fue apuñalada por detrás con un cuchillo de 23 cm en un intento de sacarla de la competencia para que su rival, Steffi Graf, volviera a dominar. Steffi Graf y Mónica Seles mantenían una rivalidad a nivel deportivo desde que Seles había irrumpido en el circuito profesional en 1990 y, sobre todo, desde que esta última le arrebatase a Graf el número 1 en la clasificación de la WTA.

El criminal, Günther Parche, a la sazón tornero desempleado, estaba obsesionado con la tenista Steffi Graf y deseaba que esta recuperase su lugar como la número 1 del tenis mundial. Parche llevaba varios años obsesionado con Graf: su habitación en la casa de su tía estaba decorada con fotografías de la tenista y repleta de videos de sus victorias. Le enviaba cartas anónimas y hasta llegó a mandarle dinero para que se comprase un collar. En una ocasión declaró: «Por ella caminaría sobre el fuego. Es una criatura de ensueño cuyos ojos brillan como diamantes y cuyo cabello brilla como la seda».

El agresor fue condenado a prisión preventiva y a asistencia psiquiátrica, pero finalmente fue liberado, lo que generó controversia. El ataque a Mónica Seles no solo tuvo consecuencias físicas y emocionales para la tenista, sino que también reveló la obsesión y el comportamiento extremo de algunos fanáticos hacia los deportistas.

Cuán fácil es llevar nuestras aficiones al extremo. Hay momentos cuando la razón se ve desplazada porque las emociones desbordadas, como la envidia, toman el control. Eso es muy peligroso. Un arranque de ira movido por los celos injustificados bastó para arruinar la carrera de Seles. Para que nuestros impulsos no acaben con el bienestar de otros o con el nuestro, nuestro amigo Jesús nos ofrece, mediante su Espíritu, el dominio propio que necesitamos (Gálatas 5: 23).

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