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El héroe que lucha

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«Ya no importa el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo» (Gálatas 3: 28).

Dentro de los deportes, hay algunos que son polémicos, especialmente aquellos que, su mucho contacto físico, requieren rudeza o violencia. Con todo, el apóstol Pablo supo encontrar lecciones de valor en deportes como la lucha, que era parte de los juegos que los romanos practicaban. En 1 Corintios 9: 25 y en 2 Timoteo 2: 5, el apóstol habla de ciertos valores que se pueden rescatar del ejercicio de la lucha, como la abstinencia y el apego a reglas. Y en ese carácter es que quiero hablar.

Nacido como Cassius Clay, Muhammad Ali es considerado por muchos profesionales y críticos como el atleta más importante del siglo XX. No era reconocido como un gran golpeador, sino por su capacidad de esquivar y ser ágil. Esto quedó demostrado en 1974 con el famoso rope-a-dope durante su pelea contra George Foreman. Ali se apoyaba en las cuerdas y permitía que Foreman se cansara lanzando golpes, mientras que él conservaba su energía y esperaba una oportunidad para contraatacar.

Conocido como el Más Grande, Ali utilizaría el boxeo como plataforma para abogar por los derechos civiles y cuestiones humanitarias, así como una forma de expresión personal. A pesar de ser considerado el mejor boxeador de todos los tiempos, Ali lidió con el racismo y la discriminación durante toda su vida. Aquí presento una historia sobre Ali que muestra su dedicación a sus creencias.

Ali ganó una medalla de oro en el torneo de boxeo de los Juegos Olímpicos de 1960 a la temprana edad de 18 años. Regresó a su ciudad natal, Louisville, Kentucky, donde los periódicos locales lo mencionaron con insultos. Orgulloso de sus logros, salió una noche para celebrar su victoria luciendo su medalla de oro. Al entrar a un restaurante, se le negó el servicio.

Enfurecido porque la camarera solo lo reconoció por el color de su piel, Ali arrojó su medalla al río Ohio desde un puente. Lo hizo porque sentía que, sin importar lo que lograra, nunca sería juzgado por su carácter, sino por sus rasgos físicos.

La Biblia aborda el tema de la injusticia social en varios pasajes, como en el libro de Amós, donde condena el maltrato a los pobres y vulnerables. Al Señor le desagrada que los prejuicios lleven a unos a menospreciar a otros, particularmente por razones como el color de la piel. De cosas como esas podemos airarnos, pero sin pecar (Efesios 4: 26).

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