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En este libro, ya hablé de George Foreman, boxeador de los pesos pesados. Foreman es considerado uno de los mejores boxeadores de la historia. En su época de mayor gloria durante la década de 1970, fue un campeón temible con un impresionante poder de nocaut.
En su etapa como boxeador, Foreman ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1968 y luego se coronó campeón mundial de los pesos pesados en 1973 tras noquear a Joe Frazier en impresionantes dos round. Fue una fuerza imparable en el cuadrilátero, ganando 37 peleas seguidas con 33 nocauts.
No obstante, en 1977, tras perder por decisión ante Jimmy Young, Foreman tuvo una experiencia que lo hizo sentirse a punto de morir; eso lo llevó a replantearse su vida y convertirse al cristianismo. Se retiró del boxeo y se ordenó como ministro cristiano, dedicándose a predicar la palabra de Dios en una pequeña iglesia de Texas.
En su rol como pastor, percibió que la religión no significaba mucho para los jóvenes de su comunidad, así que levantó un centro juvenil con énfasis en los deportes para ayudar a los muchachos a mantenerse sanos y libres de drogas. Increíblemente, en 1987, Foreman decidió regresar al cuadrilátero con casi 40 años para recaudar fondos con los cuales financiar el centro juvenil. En 1994 logró una de las hazañas más grandes en la historia del boxeo al derrotar a Michael Moorer a los 45 años para coronarse campeón mundial dos décadas después de su primer título.
Luego de retirarse definitivamente en 1997, Foreman continuó con su faceta de pastor cristiano, predicando sobre su conversión y cómo la fe lo ayudó a reconstruir su vida tras ser un temido golpeador. Su historia es un ejemplo de redención en el sentido de que primero peleaba para ser grande y lograr la fama, pero después peleaba para financiar una causa noble y promover su fe.
¿Podemos pensar en algo en nuestra vida que puede ser diferente si adoptamos otro enfoque para hacer las cosas? Tal vez no tengamos que cambiar lo que estemos haciendo; quizás baste cambiar las razones por las que lo hacemos y el fin que deseamos lograr. Si ese fin es para traer bienestar a otros y glorificar a Dios, valdrá la pena.