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El héroe desesperado

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«Así, aunque llenos de problemas, no estamos sin salida; tenemos preocupaciones, pero no nos desesperamos. Nos persiguen, pero no estamos abandonados; nos derriban, pero no nos destruyen» (2 Corintios 4: 8-9).

En el fútbol americano, un pase Ave María es un pase largo hacia adelante que se usa cuando hay pocas posibilidades éxito. Es utilizado especialmente cerca del final de un tiempo. En Estados Unidos, el pase Ave María se conoce como Hail Mary. Este pase es una especie de bomba lanzada en formación escopeta, que generalmente utiliza cinco receptores abiertos. Es una de las jugadas más populares y controvertidas del fútbol americano, y un recurso en momentos críticos del partido cuando se juega el todo por el todo.

El origen del pase Ave María se remonta a 1975, en la ronda divisional de los playoffs. Los Cowboys de Dallas estaban visitando a los Vikingos de Minnesota. En el último cuarto, el marcador estaba 10 a 14 con 32 segundos por jugar. La ofensiva de los Cowboys estaba en la yarda 50 y necesitaban un milagro para darle la vuelta al marcador. Entonces, el mariscal de los Cowboys, Roger Staubach, echó mano del último recurso a su disposición, el Ave María, y le funcionó. El receptor Drew Pearson logró atrapar el pase y correr sin dificultades apenas cinco yardas a la zona de anotación.

La vida nos juega circunstancias que pueden someternos a gran tensión: un examen o proyecto académico, un partido del deporte que practicamos o una presentación de importancia en público. Y si nos encontramos en desventaja o perdiendo, la carga emocional puede ser desorbitante. Allí es cuando, desesperados, recurrimos a algún «Ave María» que nos saque del problema.

¿Será que nuestras oraciones son como un pase Ave María? ¿Pensamos en la oración como el último recurso para el milagro que esperamos? ¿Es solo en esos momentos desesperados que buscamos a Dios? Si somos honestos, nuestros niveles emocionales suelen dictar la frecuencia y el contenido de nuestras oraciones. Pero no así en la experiencia del apóstol Pablo.

2 Corintios 4 dice que Pablo y sus asistentes estaban atribulados, en apuros, perseguidos y derribados. Su seguridad física se vio comprometida, pero nada de eso los dejó angustiados. Más abajo, Pablo explica por qué no estaban desesperados: «De igual manera, nosotros, con esa misma actitud de fe, creemos y también hablamos» (vers. 13). La clave está en la fe. Pablo se sentía tan cerca de Dios que no desesperaba por más acuciante que fuera la situación. ¿No quisieras esa paz para ti?

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