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En estas lecturas, a veces extraigo frases de algunos discursos que son memorables. Este día abordaré aquella que dice: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregunta qué puedes hacer tú por tu país». Esta frase fue dicha por John F. Kennedy durante su discurso de investidura como presidente de Estados Unidos el 20 de enero de 1961.
Kennedy buscaba inspirar a los estadounidenses a asumir un papel más activo en la construcción de una mejor sociedad, una invitación a la responsabilidad cívica y al compromiso comunitario. Este fue uno de los discursos más influyentes de la historia política estadounidense porque estableció el tono del liderazgo de Kennedy y su llamado al servicio público.
Kennedy había sido senador por el estado de Massachusetts y venía a la presidencia buscando recuperar el espíritu de sacrificio y servicio que había caracterizado a la generación anterior durante la Segunda Guerra Mundial. Quería revivir ese sentido de deber ciudadano. La retórica inspiradora de Kennedy resonó profundamente con la audiencia, convirtiéndose en un lema emblemático de su presidencia y de toda una época. Este discurso sigue siendo citado como una de las declaraciones más influyentes de la historia de Estados Unidos.
El mensaje de Kennedy sigue siendo pertinente. Es lamentable que mucha gente se desentienda de sus responsabilidades esperando que otros asuman los compromisos que le toca asumir a cada uno. Los hijos acusan a sus padres de lo que les pasa, los estudiantes culpan a sus maestros de su bajo rendimiento, y los ciudadanos señalan a sus gobernantes como la causa de su mala calidad de vida.
Pablo compara a la Iglesia con un cuerpo cuyas partes se coordinan entre sí. Gracias a la actividad de cada miembro es que el cuerpo se desarrolla. Un miembro del cuerpo no puede hacer lo que le corresponde a otro. Hoy invito a que hagamos nuestra parte y asumamos nuestra responsabilidad en los grupos a los que pertenezcamos. Pronto descubriremos que cuando todos colaboran, el grupo prospera.