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Hablando de un discurso inaugural de otro presidente estadounidense, comparto la siguiente frase: «Lo único que tenemos que temer es el miedo mismo». Esta es una cita del discurso inaugural de Franklin D. Roosevelt, el 32º presidente de Estados Unidos. Roosevelt dijo esto el 4 de marzo de 1933 a los millones de personas desempleadas luchando durante la Gran Depresión. La frase se convirtió en una de las más icónicas de su presidencia y ha sido recordada a lo largo de la historia como un llamado a la valentía y a la superación de los temores.
El miedo, más que la propia situación o problema al que nos enfrentamos, es lo que realmente nos impide actuar y progresar. Roosevelt quería transmitir un mensaje de valor y determinación, un mensaje de esperanza y fortaleza a los estadounidenses en un momento de gran incertidumbre y dificultad económica.
La idea es que, en lugar de dejarnos paralizar por el miedo, debemos enfrentarlo directamente y tomar acción. El miedo puede ser un obstáculo psicológico más poderoso que los problemas concretos a los que nos enfrentamos. Según Roosevelt, superando el miedo, podremos hacer frente a cualquier desafío que se nos presente. Roosevelt describió el miedo como «un terror sin nombre, irracional e injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avance».
El miedo apareció temprano en la historia humana cuando Adán, después de comer del fruto prohibido, escuchó la voz de Dios que lo llamaba (Génesis 3: 9). El miedo asalta nuestra razón y, con frecuencia, nos hace cometer errores. Lot les pidió permiso a los ángeles para quedarse en Zoar después de la destrucción de Sodoma y Gomorra, pero tuvo miedo de habitar allí y subió al monte para morar en una cueva con sus hijas (Génesis 19: 30). El resultado fue un vergonzoso incesto que dio origen a dos naciones adversas al pueblo de Dios. De igual manera, tanto Abram como Isaac tuvieron miedo de presentar a sus mujeres como esposas, lo cual trajo enfermedades y, por poco, grandes desgracias (12: 17; 20: 17; 26: 10).
Entonces, el miedo es una cuestión de visión. Lo que observamos a nuestro derredor es interpretado como amenaza y esa distorsión de la realidad nos sume en la ansiedad. Probablemente, lo que tememos nunca suceda. Y si sucede, tenemos a nuestro poderoso Dios para ayudarnos. De ahí la necesaria oración de Salmos 64: 1: «Protege mi vida de terribles enemigos».