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La heroína de los abrazos

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«Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: "Levántense; no tengan miedo"» (Mateo 17: 7).

Virginia Satir fue una psicoterapeuta estadounidense conocida por su trabajo pionero en la terapia familiar. Desarrolló técnicas innovadoras para ayudar a los individuos y a las familias a mejorar la comunicación, construir relaciones más saludables y resolver conflictos. Satir enfatizaba el poder del amor y de la compasión en la curación de heridas emocionales y el manejo de la ansiedad.

La investigación demuestra lo sensibles que somos los humanos al contacto físico, y cómo la famosa cita de Satir, «necesitamos cuatro abrazos al día para sobrevivir, ocho abrazos al día para mantenernos, doce abrazos al día para crecer», es acertada. En situaciones difíciles, el contacto físico como un abrazo o una palmada en la espalda puede reducir el estrés.

Los investigadores de la Universidad de Basilea dirigidos por Christiane Büttner descubrieron que es posible mejorar estadísticamente los tiros libres en el baloncesto universitario. Una de las situaciones más estresantes durante cualquier partido de baloncesto es un tiro libre, que ocurre cuando un jugador es objeto de falta al intentar anotar. Büttner y sus colegas estudiaron la situación utilizando videos de juegos de baloncesto femenino.

Los investigadores contaron cuántas de sus cuatro compañeras tocaron a la tiradora antes de un tiro, por ejemplo, dándole palmaditas en el hombro o apretándole la mano. Luego calcularon si había una asociación estadística entre el número de toques de las compañeras y la tasa de éxito del tiro posterior.

Los datos mostraron que la probabilidad de anotar aumentaba cuando las compañeras mostraban su apoyo a través del contacto. El efecto solo aparecía después de un primer tiro fallido, lo cual tiene sentido porque tal escenario probablemente aumentaría los niveles de estrés. Por lo tanto, el apoyo de los compañeros es más útil cuando los niveles de estrés ya están altos porque hemos fallado el primero de los dos tiros.

Jesús fue un maestro del toque físico. Tocó al leproso que buscaba ser sanado (Mateo 8: 3) y a la suegra de Pedro que ardía de fiebre (vers. 15). Disipó los temores de los discípulos en el monte de la transfiguración al tocarlos (17: 7) y sanó a dos ciegos tocándoles los ojos (9: 29). Solo con que Jesús dijera la palabra bastaba para que los enfermos sanaran (8: 8), pero sabía que también había que sanar el cuerpo y las emociones.

Cuando encontremos a alguien de nuestro círculo social viviendo un momento de ansiedad, consideremos darle un respetuoso abrazo o un apretón de manos. Un toque físico de aliento y apoyo puede marcar toda la diferencia.

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