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Un héroe del presente

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«Jesús les dijo: "¿No es cierto que el día tiene doce horas? Pues si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz que hay en este mundo"» (Juan 11: 9).

Es del poeta romano Horacio la frase Carpe diem, que significa «aprovecha el día» o «vive el momento». Horacio exhorta a disfrutar el presente y a aprovechar la vida, sin preocuparse del futuro, mientras sea posible. Enfocarse en el pasado suele traer culpabilidad y desaliento; fijarse en el futuro suele despertar temor y preocupación. Regirse por el presente viene a ser lo más sabio para conservar la salud mental.

La canción del catalán Joan Manuel Serrat, Hoy puede ser un gran día, es un llamado a abrazar el potencial que cada nuevo día ofrece. Serrat anima a los oyentes a encarar el día con optimismo y a tomar medidas activas para sacarle el máximo provecho. La calidad de nuestro día es en parte una elección personal, implicando que una actitud positiva y un comportamiento dedicado pueden influir significativamente en el resultado del día.

La canción habla de vivir el momento. Serrat insta a los oyentes a <darle el día libre a la experiencia» y a tratar el día como si fuera un día festivo especial. Esta metáfora inspira a las personas a romper con sus patrones diarios y a disfrutar de los placeres de la vida. El mensaje es claro: la vida es fugaz y cada día es único, por lo que no se debe dejar pasar desapercibido o sin apreciar.

Actualmente, los problemas de salud mental «de los adultos» se están manifestando con inquietante frecuencia entre los jóvenes. Estados que antes se consideraban propios de las generaciones mayores, como la ansiedad, la depresión y la preocupación extrema, son cada vez más evidentes entre los niños y adolescentes. Estos males de salud mental parecieran manifestarse cada vez más temprano porque los niños cada vez tienen su día más lleno de actividades. Si a eso le agregamos las expectativas irreales de los padres y maestros o la presión de los iguales, los niños pueden vivir casos mentales malsanos.

Los evangelios retratan a Jesús como alguien que tenía mucho qué hacer y poco tiempo para hacerlo. Era de esperar que un ritmo de trabajo intenso tuviera su efecto en él. Jesús acababa agotado, pero no angustiado; vivía apurado, pero no con desesperación. Jesús sabía que tenía solo el día, doce horas, para lograr sus metas. Tenía el hábito de hacer planes para el día y depositarlos en las manos de Dios para que su providencia lo condujera. Eso es más sano y recomendable.

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