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En 1988, el submarino peruano Pacocha sufrió un terrible accidente al ser embestido por un barco japonés cerca del puerto de Callae. Este incidente dejó al submarino hundido a 42 metros de profundidad con 49 tripulantes atrapados en su interior. Entre ellos estaba el joven teniente Roger Cotrina Alvarado, quien se convertiría en el héroe de esta historia.
Roger conocía bien el Pacocha. Había estudiado a fondo este veterano submarino que anteriormente había servido en la armada de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Su conocimiento y preparación serían cruciales en los momentos de crisis. Cuando el submarino se hundió, Roger mantuvo la calma y tomó decisiones vitales para la supervivencia de sus compañeros. Cotrina había calculado que tendrían oxígeno para 48 horas, pero solo habían pasado siete y ya empezaban a sentir dificultades para respirar. Organizó a la tripulación, asegurándose de que todos se mantuvieran en áreas seguras y con suficiente aire. Además, estableció un sistema de turnos para racionar el oxígeno disponible.
Para colmo, se suscitó un incendio que, aunque fue apagado, consumió mucho del oxígeno que ocupaban los tripulantes. La situación era desesperada, pero Roger no perdió la esperanza. Ya no había alternativa. Había que escapar nadando: 42 metros a pleno pulmón a través de las frías aguas del Pacífico peruano.
Los equipos de rescate lograron abrir una escotilla del submarino y sacar a los tripulantes en grupos de entre tres y cinco. Usarían chalecos salvavida inflados a un tercio de su capacidad para que pudieran ascender sin que se les reventaran los pulmones al emerger. Los buzos de rescate golpearían cinco veces el casco si los integrantes del primer grupo llegaban con vida a la superficie. De lo contrario, significaría que no lo habían logrado. Pasaron unos minutos eternos en un pesado silencio, hasta que... toc, toc, toc, toc, toc. Los golpes de los buceadores lo confirmaron: lo habían logrado.
24 horas después de la colisión con el pesquero japonés, los tres últimos tripulantes del submarino fueron rescatados. El «milagro» del Pacocha se había consumado. 9 de los 49 tripulantes del submarino murieron en el naufragio, entre ellos el capitán. El resto nunca olvidó su hazaña.
Antes de Cotrina, hubo uno que también lo arriesgó todo por salvarnos: Jesús, el Hijo de Dios. Él comprendió lo desesperado de la situación y voluntariamente «vino a buscar y salvar lo que se había perdido». Por su llaga, dice el profeta Isaías, hoy estamos curados. ¿Acaso nos olvidaremos de esa hazaña?