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El villano ladrón de zapatos

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«Mi Dios, en ti confío: no dejes que me hunda en la vergüenza. ¡Que no se rían de mí mis enemigos!» (Salmos 25: 2)

Estando en la Universidad Adventista del Pacífico en Papúa Nueva Guinea, salí de mi oficina para dirigirme a la biblioteca. Hay un área verde en medio de los dos edificios donde pude ver un grupo de estudiantes haciendo alboroto; cuando me acerqué, los empleados de seguridad ya habían acabado con el desorden.

En la biblioteca había que dejar los zapatos en la entrada y entrar descalzo al edificio. Un estudiante salía de la biblioteca y se puso unas botas que no eran suyas. El dueño de las botas alcanzó a verlo y le gritó que se las devolviera. El ladrón no hizo caso y se retiró de la escena, pero como el otro seguía gritando, se juntó la gente. De repente, el ladrón se vio rodeado de otros estudiantes, quienes empezaron a golpearlo y lo obligaron a devolver las botas. Avergonzado, el ladrón las entregó, y en eso llegaron los guardias de seguridad.

Lo que me pareció más asombroso fue saber que quienes golpearon al estudiante eran miembros de su grupo étnico; eran sus «wantoks», como dicen allá. «Wantok» describe a las personas que comparten el mismo idioma, origen étnico o conexiones comunitarias y conlleva un fuerte sentido de solidaridad y responsabilidad mutua.

-¿Y por qué lo golpeaban, si era de su misma gente? -pregunté. -Es por vergüenza. Si se sabe que el ladrón es de ese grupo étnico, entonces los demás pensarán que todos son ladrones y ellos no quieren eso me explicaron.

Una cultura basada en la vergüenza es una sociedad donde el comportamiento de los individuos está fuertemente influenciado por la percepción y la opinión de los demás. En estas culturas, la vergüenza y el honor son mecanismos sociales clave para regular la conducta y mantener el orden social. Las culturas de la vergüenza se enfocan en cómo las acciones de una persona afectan su reputación y la percepción pública.

La vergüenza es tanto un detonador de medidas disciplinarias como un freno para no portarse mal. El propio grupo social se convierte en un regulador de la conducta de los otros. David oraba, en nuestro texto de hoy, pidiéndole a Dios que lo librara de la vergüenza y de la burla de los enemigos, porque es muy feo verse avergonzado. Además, si decidimos sabiamente y no hacemos nada indebido, nosotros mismos ayudamos a evitar el problema. Podemos, con la ayuda de Dios, gobernarnos a nosotros mismos, actuar con prudencia y alejarnos así de la vergüenza.

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