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Las culturas basadas en la vergüenza tienen características muy marcadas. La reputación personal y familiar es extremadamente importante, porque las acciones de un individuo se reflejan no solo en sí mismo, sino también en su familia y en su comunidad. El control social se ejerce a través de la vergüenza pública y el honor. La desviación de las normas sociales resulta en la pérdida de honor y el ostracismo. Estas culturas tienden a ser más colectivistas, priorizando el bien del grupo sobre el del individuo. Las normas y tradiciones son muy valoradas y respetadas, y romperlas puede llevar a la vergüenza.
En Asia, abundan las culturas basadas en la vergüenza. En la sociedad japonesa, el concepto de honra (, meiyo) y vergüenza (ù, haji) es fundamental. Mantener la honra y evitar la vergüenza es una prioridad. Las personas suelen evitar confrontaciones directas y hacen todo lo posible por no perder la cara (, mentsu). El seppuku, un ritual de suicidio por desentrañamiento practicado por los samuráis para restaurar el honor después de una gran vergüenza, es un ejemplo extremo de cómo la vergüenza puede influir en el comportamiento.
En Japón, hay jóvenes conocidos como hikikomori, un término que describe un fenómeno social en el que individuos, generalmente jóvenes, se retiran casi por completo de la vida social, aislándose en sus habitaciones o en sus casas durante períodos prolongados que pueden durar meses o incluso años. Se aíslan por la vergüenza que viven ellos y sus padres cuando no están a la altura de las expectativas de la familia.
En Corea del Sur hay unos héroes que ofrecen un servicio para que los padres y madres vivan una «experiencia de confinamiento». No se permiten teléfonos ni computadoras portátiles dentro de estas celdas de 5 metros cuadrados, y sus habitantes solo tienen las paredes desnudas por compañía. Lo único que conecta cada pequeña habitación es un agujero en la puerta por donde se entregan las comidas. Las personas han venido a este centro para vivir esta experiencia de aislamiento porque tienen un hijo o hija que se ha apartado por completo de la sociedad.
Entender la vergüenza de los hijos y comunicarse mejor con ellos son medidas que evitarían la experiencia del aislamiento. La comunicación abre la posibilidad del rescate de ese profundo pozo de vergüenza, como dice el rey David, donde se hunden las personas. Es el amor incondicional de la familia y no la vergüenza lo que cambia a las personas.