|
Ayer conocimos sobre Charlotte Dujardin, la deportista ecuestre que suspendieron por crueldad innecesaria hacia su animal. Hoy hablaremos de Nicole Graham, quien ilustra lo opuesto a lo hecho por Dujardin. Nicole salió a uno de sus típicos paseos a caballo por la playa de Avalon, en Australia. Con su hija a cuestas, la mujer se encontró en medio de una pesadilla en apenas unos cuantos segundos. Su caballo, Astro, cabalgó hacia un área con un engañoso lodo, y para empeorar las cosas, el caballo de su hija lo siguió.
Como en una película trágica, la mujer logró escaparse del lodo, rescatar a su hija y a su pequeño caballo, pero no pudo hacer nada para que Astro, que estaba profundamente atrapado en el lodo, pudiera salir y continuar su camino. Nicole estuvo tres horas abrazada a Astro mientras él luchaba por escapar del lodo. Entre más luchaba, más se hundía. En el intento por liberar a su caballo, Nicole quedó atrapada de nuevo.
Cuando llegaron, los rescatistas pudieron sacar a Nicole del lodazal, pero no lograban rescatar a Astro, quien pesaba más de media tonelada. El tiempo pasaba y solo les quedaban un par de horas antes de que subiera la marea y ahogara al caballo. La tarea se volvía cada vez más difícil, por lo que decidieron sedar a Astro para que no se lastimara aún más durante el rescate.
Cuando creían que ya todo estaba perdido, llegaron los bomberos, un veterinario y un granjero con su tractor. Finalmente, el caballo fue liberado gracias a la ayuda del tractor y al trabajo en equipo. Una vez fuera de la zona de peligro, Astro colapsó en un montículo de paja, exhausto por todo el esfuerzo. Nicole es propietaria de una clínica dental para equinos y es dueña de diez caballos. Afortunadamente, el amor y el trabajo en equipo hicieron posible un final feliz.
El cuidado de los animales es parte de la mayordomía que Dios le encargó a la humanidad desde la creación. El Señor «puso al hombre en el jardín de Edén para que lo cultivara y lo cuidara» (Génesis 2: 15). Ese encargo no era para que la humanidad se valiera de los animales para sus propósitos egoístas, sino para asegurar el bienestar de las especies creadas. Tal como hace con la humanidad y los animales, Dios nos pide: «Den de comer a los animales y a las aves». A eso estamos llamados tú y yo.