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Pablo y Silas servían como misioneros en muchas ciudades. En una ocasión fueron a predicar a Filipos, pero experimentaron el rechazo de algunas personas, pues no les convenía a sus negocios que la gente aceptara el amor de Dios y cambiara su manera de vivir.
Así que los detuvieron y los golpearon en la espalda a ambos como castigo impuesto por los jueces. Después los metieron en la cárcel. Desde luego, Pablo y Silas sentían dolor, ya que la sangre corría por sus espaldas. A pesar de esto, oraban y cantaban alabanzas a Dios.
De repente, a media noche, un fuerte temblor sacudió las paredes y los cimientos de la cárcel. En ese instante, las puertas de la cárcel se abrieron y las cadenas de los prisioneros se soltaron. El carcelero quedó impactado por los cantos de ambos misioneros, así que curó sus heridas, los llevó a casa y ahí él y su familia escucharon el mensaje de Dios. Cuando no estés feliz, canta al Señor y experimentarás la paz del cielo.
Actividad. Con la ayuda de tus papás aprende un canto nuevo y prepárate para participar en el culto familiar.
Oración. Señor, deseo alabarte en todo momento, no solo en los buenos tiempos, sino también en los malos. En el nombre de Jesús, amén.