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UN DIOS QUE AMA AL PECADOR

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“Los publicanos y pecadores se acercaron a Jesús para oírlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban: ‘Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos’ ” (Lucas 15:1, 2).

Probablemente en el capítulo 15 del Evangelio de Lucas encontramos algunos de los cuadros más bellos con que Jesús retrató el carácter del Padre. Echemos un vistazo a lo que nos enseña sobre Dios el texto de hoy. 

Tal vez podrías preguntarte: ¿qué puedo aprender acerca de Dios en estas palabras, si en realidad son una crítica de un grupo de amargados y resentidos contra Jesús? Pero es interesante que, en esta acusación, tenemos una información valiosa acerca de cómo es Dios: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Por supuesto, eso fue lo que dijeron sus enemigos. Se expresaron así porque el hecho de que Jesús no hiciera acepción de personas lo veían como un defecto o una debilidad de él. Pero la acusación resulta ser, en realidad, un elogio al ministerio de Cristo y a la forma en que trataba a las personas (sí, incluidas las muy pecadoras). 

¿Eres pecador? Entonces la Biblia te dice que Dios se acerca a ti, te recibe y está más que dispuesto a compartir contigo. Tanto el acto de recibir como el de comer con el pecador son representativos de la disposición de Dios a tener relación y amistad hasta con el más pecador de nosotros. Esto es extraordinario, porque él es un Ser único, poderosísimo, extremadamente rico y autosuficiente. Por lo general, las personas que lo tienen todo no buscan la compañía de aquellos a quienes les falta todo. De hecho, a los fariseos del tiempo de Jesús les alarmaba que siendo él un maestro espiritual y teniendo tanta fama, recibiera a ese tipo de personas y compartiera con ellas. 

Al venir a este mundo y tratar con bondad a los rechazados, Cristo mostró que todos somos hijos de Dios e igualmente valiosos a sus ojos. Mostró que, sin importar tu condición, mereces respeto y buen trato. Nuestros defectos no nos alejan del corazón de Dios; todo lo contrario, nos convierten en el objeto de su amor y de todos sus esfuerzos por rescatarnos y salvarnos. 

Imagínate que personas pecadoras como nosotros tuviéramos que vivir, además, pensando que Dios nos rechaza y que no quiere ningún trato con nosotros. Qué duro sería eso, y cuánto reduciría nuestros deseos y esperanzas de cambio. Gracias a Jesús, hoy sabemos que Dios nos acepta como somos, y podemos creer que al que a él viene no lo echa fuera (lee Juan 6:37).

 

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