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NUESTRO DIOS ES ETERNO

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“Antes que naciesen los montes, y formases la tierra y el mundo, desde la eternidad y por la eternidad, tú eres Dios” (Salmo 90:2).

El retrato bíblico del Dios eterno siempre ha cautivado mis pensamientos. Tal vez se debe a que, como afirma la misma Biblia, Dios ha puesto eternidad en nuestros corazones, aun sin que alcancemos a comprender bien esto (lee Ecl. 3:11). 

Siendo adolescente en mi iglesia, a mi mejor amigo y a mí nos gustaba mucho preguntarle a su papá cómo era eso de la eternidad, y él, para explicárnoslo, nos proponía esta ilustración: “Imagínense que el globo terráqueo fuera completamente de hierro macizo, y que un pajarito carpintero se acercara cada mil años hasta ese globo para limpiar su piquito pasándolo dos veces sobre ese círculo de hierro. Cuando el pajarito termine de gastar el globo, entonces comienza la eternidad”. A mí me encantaba oír esa ilustración, y mi mejor amigo y yo nos poníamos a pensar cuánto íbamos a gozar en el Cielo por la eternidad. Incluso llegamos a decir: “Ojalá que al pajarito se le olvide unas cuantas veces venir a limpiar su piquito aquí”. 

Lo que quiero decir con esto es que, aunque hablamos de la eternidad, en realidad no podemos entenderla, por muy buenas que sean las ilustraciones que usemos para intentarlo. La eternidad es algo que nos atrae, pero al mismo tiempo nos sobrecoge y abruma. ¿Por qué? Porque los seres humanos somos finitos, temporales, así que, no tenemos experiencia alguna con la eternidad. Entre nosotros, si alguien vive ochenta o noventa años ya consideramos que ha vivido mucho, pero ¿qué es eso, comparado con la eternidad? Consideramos las pirámides de Egipto una de las maravillas del mundo porque tienen más de tres mil años de existencia, pero ¿qué es eso, comparado con un pajarito que se acerca a la Tierra una vez cada mil años? 

El Salmo 90, escrito por Moisés, nos recuerda que nuestro Dios es el único que habita la eternidad. Él no tiene comienzo, porque existe desde antes de que la Tierra fuera creada. Él es antes que las montañas, el mar, el aire, el agua... Y no tiene fin, existe “por la eternidad”. Frente a este hecho tan maravilloso e incomprensible para la mente finita, ¿no te parecería absurdo que nos dedicáramos a pensar y a vivir para las cosas de este mundo, poniendo en riesgo la posibilidad de vivir por la eternidad? Aun si el mal diera felicidad (lo cual es imposible), ¿tendría sentido cambiarlo por la felicidad que Dios nos ofrece por la eternidad? 

Que Dios nos ayude a vivir con la eternidad en nuestras mentes y en nuestros corazones.

 

 

 

 

 

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