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DIOS NO IMPONE SU PRESENCIA

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“Entonces la gente de la región rogó a Jesús que se fuera de allí, porque tenían gran temor. Y él subió en la barca y se retiró” (Lucas 8:37).

Jesús partió con sus discípulos hacia la región de Gadara. Una vez en “tierra de los gadarenos” (Luc. 8:26), tuvo un primer encuentro con un hombre violento y sin ropa que llevaba años siendo oprimido por los demonios. Como Jesús no acepta que el enemigo abuse de las personas en su presencia, ordena al espíritu impuro salir de inmediato del hombre. La legión de demonios que había entrado en él sabía que no podía resistirse a una orden directa de Dios, y lo único que consiguió fue que se le permitiera ir a posesionarse de un hato de cerdos, a los cuales destruyeron en el acto. 

Los que apacentaban los cerdos vieron y oyeron lo sucedido, y salieron despavoridos a contar a todo el mundo lo que acababa de suceder. Sabían que, para Gadara, aquella era una gran catástrofe económica, puesto que los bolsillos se habían visto afectados por la pérdida de los cerdos. Así que, muchos llegaron rápidamente para constatar si, en efecto, su capital se había ido por el despeñadero y perdido para siempre junto con los cerdos. Cuando llegaron, encontraron a Jesús y al hombre que había estado endemoniado y ahora estaba en sus cabales, pero no vieron señales ni de los demonios ni de los cerdos. Entonces, frente al despliegue de poder de Dios, que había llevado liberación a su territorio, sintieron temor. Al parecer, hicieron algunos cálculos y llegaron a la conclusión de que les era más favorable pedir a Jesús que se fuera. 

El que con solo hablar a los demonios los derrotó; el que devolvió a una vida con propósito a un hombre que por años había sido oprimido por las fuerzas del mal; el que horas antes se había enfrentado a un mar embravecido y había ordenado al viento que cesara; ahora, frente a un grupo de personas atemorizadas, confundidas y totalmente equivocadas, decide entrar en la barca e irse. ¿Por qué? Porque Dios respeta el libre albedrío con el que creó al ser humano; porque nunca impondrá su presencia en la vida de nadie. 

Dios vendrá a ti, te encontrará ahí donde estás, te liberará y te ayudará, y estará dispuesto a quedarse contigo para siempre. Pero si tú le pides que se vaya, o si decides no abrirle la puerta de tu corazón, respetará tu decisión. ¿Le dirás a Jesús que se quede?

 

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