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EL DIOS DE LA PACIENCIA Y LA CONSOLACIÓN

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“Que el Dios de la paciencia y el consuelo les dé entre ustedes un mismo sentir según Cristo Jesús” (Romanos 15:5).

La Biblia enseña que Dios es paciente (lee Éxo. 34:6; Rom. 2:4; 2 Ped. 3:9). Dios tiene capacidad para esperar sin desesperarse; para soportar y padecer sin alterarse; que es tolerante con nuestros errores; y que no se acelera a la hora de actuar. No sé tú, pero yo estoy muy agradecido por eso; es uno de los retratos de Dios que más me impactan. 

La Biblia también enseña que Dios es la fuente de la paciencia. ¡Esta noticia me gusta más aún que la primera! ¿Por qué? Porque no solo necesitamos a un Dios que sea paciente con nosotros, sino también necesitamos nosotros desarrollar paciencia, lo cual no nos es natural. La paciencia es un fruto del Espíritu (lee Gál. 5:22), y si no estamos en contacto diario con el Espíritu de Dios, terminamos cometiendo muchísimos errores (ofensas, intolerancia, pleitos, discusiones), cuyo origen está en nuestra impaciencia. 

Dios, el originador de la paciencia, nos da la capacidad de sufrir y tolerar las adversidades de la vida y de las relaciones humanas con valor y sin quejarnos. En él encontramos fuerza para esperar con tranquilidad lo que nos ha prometido. Gracias a él podemos detenernos para hacer una oración antes de actuar, y evitar así una aceleración de consecuencias desastrosas. Un Dios que es paciente y que al mismo tiempo nos da paciencia, es exactamente lo que necesitamos. 

Qué interesante que Pablo ponga en el mismo retrato de la paciencia de Dios el retrato de su consolación. Dios es el Dios de la paciencia y también el de la consolación. Para mí, esto tiene todo el sentido del mundo, puesto que, en mi experiencia, muchas veces he cometido errores por falta de paciencia y después he sentido la necesidad de ser consolado del fracaso o el dolor que esa impaciencia me produjo. La consolación de Dios es esa ayuda que nos permite disminuir la intensidad de los sentimientos de culpa. Es un consuelo que llega justo a tiempo. La vida cristiana sería un permanente martirio si Dios no supiera consolarnos. 

¿Qué tal si intentamos ser más pacientes con nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros hermanos de iglesia y con todas las personas con quienes nos relacionamos? Recordando cuánta paciencia tiene Dios con nosotros, ¿qué tal si la aplicamos a nuestras relaciones y, además, estamos pendientes de llevar consolación a alguien para disminuir su dolor?

 

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