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Mi Primera Mentira

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«El justo aborrece la palabra mentirosa» (Prov. 13:5, RV95).

Mi primera mentira de la que tengo recuerdo me salió mal. Mi padre acababa de morir y yo tenía once años cuando, en el conservatorio de música donde estudiaba, me pidieron que rellenara un formulario. Al leerlo, vi que dos de los datos que pedían eran «Nombre y edad del padre». Puse «Pedro Díaz Andelo, cuarenta años». Era mentira, pero yo no quería que nadie supiera la verdad de que mi padre había muerto. Poco después, lo mismo sucedió en las clases particulares de inglés. Me entregaron una ficha y de nuevo negué mi realidad y contesté como si mi padre siguiera vivo. Pensaba que de ese modo nadie se daría cuenta de que había algo diferente en mi vida, de que ya no todo era «normal».

Un día, hablando con amigas de la escuela, surgió en la conversación algo sobre nuestros padres, y yo me inventé no recuerdo qué historia para no tener que decirles que ya no tenía padre. Y en esa ocasión, al descubrirme otra vez a mí misma mintiendo ahora a mis amigas, me sentí mal, como si hubiera traspasado un límite. Estaba triste. Y me puse a reflexionar.

Analizando la situación, me di cuenta de que no podía seguir así toda la vida y decidí revelarle mi pequeño secreto a la que entonces era mi amiga más íntima, una compañera llamada Eva. Cuando le admití que mi padre había muerto, ella me dijo: «¡Ya lo sé! ¡Todos lo sabemos! Don Luis, el director, nos lo dijo a toda la clase hace tiempo». Qué tonta me sentí. Y no tanto por haber sido descubierta -porque yo sabía que no era una mentirosa, sino por todo lo que me perdí por haberme encerrado en mí misma.

¿Qué me perdí? Para empezar, me perdí poder recibir la solidaridad de mis amigas, que querían ayudarme en mi dolor, pero solo podían hacerlo hasta el límite que les marcaba mi propia mentira. Para continuar, me perdí también su compañía, porque la incomodidad de no ser sincera me hizo aislarme para evitar conversaciones difíciles. Y, por último, me perdí la autenticidad, el poder ser yo, que es la única forma posible de relacionarse equilibradamente con los demás.

Desde entonces, hay tres premisas en mi vida: no mentirás, no mentirás, no mentirás. Ni a mí ni a nadie. Porque si lo hago, dejaré de recibir precisamente lo que necesito para superar aquello que estoy ocultando. Mentir va contra mí misma, contra el prójimo y contra Dios. Cuarta premisa: no mentirás.

«Con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver». Proverbio judío.

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