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La Conciencia Tranquila

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«Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella para que no se descubra lo que están haciendo» (Juan 3:20).

Cuenta el teólogo y autor de numerosos libros, Timothy Keller,* que un policía amigo suyo comenzó a tener un problema muy peculiar tras convertirse al cristianismo. Dentro de las decisiones que tomó para adoptar un estilo de vida basado en los principios del evangelio, este hombre dejó de aceptar dinero por parte de los proxenetas que lo sobornaban para que les permitiera continuar con el negocio de la prostitución en determinadas calles. Aunque los proxenetas nunca le reclamaron nada por su cambio de actitud, él sí recibió reclamos, solo que de otras personas. ¿De quiénes? ¡De los policías! «Ten cuidado -le decían-, porque nos estamos poniendo muy nervioso. Si no aceptas sobornos, todos los demás quedamos en evidencia. Más te vale que sigas aceptando ese dinero y haciendo la vista gorda a las prostitutas».

La situación no era nada fácil, desde luego. Él se negó a volver a los viejos caminos, por lo que comenzó a recibir amenazas anónimas. Finalmente, tuvo que mudarse de ciudad, con las consecuencias negativas que eso tuvo para su salario y su futura jubilación. Empezó de nuevo en todos los sentidos, pero esta vez con la conciencia tranquila.

«Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo», dijo Cicerón. Y eso es lo que sucede con la persona que se ha convertido. Si te preguntabas por qué algunos compañeros de trabajo te miran mal por el hecho de que no participas de chismes ni de nada por el estilo; por qué tus amigos de la universidad ya no quieren saber de ti porque discretamente evitas sus fiestas con alcohol y su libertinaje sexual; o por qué gente de tu raza critica tu amistad con personas de otra etnia, aquí está tu respuesta: porque tu conducta moral expone la inmoralidad de ellos. Triste, pero cierto.

Ahora mirémoslo desde otro punto de vista, para ser más prácticas en lo que podemos aprender de esta experiencia ajena. Si te aceptan como parte de su grupo las personas a las que les encanta el chisme, la mentira, la inmoralidad, la injusticia o el racismo, ya sabes por qué: porque estás viviendo en contradicción con lo que dices ser y creer. Y ese, querida amiga, es el estado moral más intolerable.

«Vivir en contradicción con la razón propia es el estado moral más intolerable».
León Tolstói.

*Timothy Reller, Hidden Christmas (Nueva York: Viking, 2016), p. 119.

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