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Cristiana

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«A los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía» (Hech. 11:26, RV95).

La palabra shem del hebreo bíblico, traducida al español generalmente como «nombre», quería decir originalmente «señal». El nombre era, en la cultura judía, la señal de la persona que lo llevaba, su rasgo más característico. El nombre de una persona era, en realidad, una descripción de esa persona, una señal por medio de la cual se la podía conocer.

Cuando leemos, por ejemplo, en Juan 2: 23: «Mientras estaba en Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía» , lo que estamos leyendo en realidad no es que mucha gente creyó que Jesús se llamaba Jesús, que ese era su nombre, sino que la persona que tenían delante era en realidad el Mesías, el Cristo, como se hacía llamar.

Leyendo el Antiguo Testamento descubrimos nombres con los cuales Dios eligió revelarse a nosotros, sus hijos, porque eran una señal de su persona, mostraban un rasgo de su carácter. Era, en fin, una forma en que se nos daba a conocer. Elohim, que significa «fuerza», «poder», y que se usa más de 2,500 veces en las Escrituras, te habla de un Dios tan poderoso que lo creó todo de la nada, y tan fuerte que es «el Señor de los ejércitos». El-Roi, «el Dios que me ve», te dice que no existe ninguna circunstancia de tu vida en que él no vea tu situación y vele por tu bienestar. No solo eso, sino que Emanuel, «Dios con nosotros», te dice que, pase lo que pase, nunca estarás sola, porque él siempre está contigo.

En nuestra cultura, los nombres propios no son una señal de lo que somos, aunque muchas veces nuestros padres, cuando nos ponen el nombre, dejan entrever su deseo de que nos parezcamos al personaje bíblico o histórico cuyo nombre han elegido darnos. Pero hay un nombre que nosotras mismas tomamos un día la decisión de llevar: «cristiana». Este nombre, que usamos para darnos a conocer a otras personas, ¿revela realmente un rasgo de nuestro carácter?

Cuando yo digo de mí misma que soy «cristiana», ¿pueden otros ver realmente que es así y creer en mi nombre, es decir, darse cuenta de que hay una coherencia entre ese nombre que uso como señal externa y la persona interna que soy? Si no es así, estamos atribuyéndonos un nombre que no nos corresponde, porque el asunto es sumamente claro: «Ser cristiano es ser semejante a Cristo». Más claro, imposible.

Vale la pena pensar en ello. Vale la pena llevar el nombre correcto. Vale la pena dejarle claro a todo el mundo que el nombre que llevamos puesto dice realmente quiénes somos.

«Ser cristiano es ser semejante a Cristo». Elena G. de White.

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