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¿Esclava De Un - Esclavo -?

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«La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios» (1 Cor. 1:18, RV95).

A veces me comparo a mí misma con personajes de la Biblia y me sorprende lo diferentes que somos y el daño que la cultura en la que me crie ha causado sobre mi manera de pensar. Por ejemplo, cuando me convertí, tardé mucho tiempo en decirles a mis amigos y conocidos que me había cambiado de religión. Tenía miedo al rechazo, al prejuicio, al qué dirán por las nuevas creencias que ahora tenía. Me avergonzaba pertenecer a un movimiento impopular por aquel entonces en mi país, España. Y más viendo en la televisión noticias sobre «sectas», en las que incluían a menudo a la Iglesia Adventista. Yo no quería que nadie me considerara inferior a como lo habían hecho hasta entonces, y estaba convencida de que así lo harían cuando lo descubrieran. Guardé celosamente mi nueva confesión religiosa para no ser considerada de segunda categoría.

Y de pronto, me topo en la Biblia con el apóstol Pablo, gritando a viento y marea que era «siervo de Cristo Jesús» (Rom. 1: 1). Si estaba mal visto en la España de hace treinta años ser adventista, mucho peor estaba visto en la Roma del siglo I ser esclavo de un «esclavo». ¿Y por qué digo de un «esclavo»? Porque en la práctica penal romana de aquella época, la crucifixión estaba reservada a los esclavos, de ahí Séneca que la llamara «supplicciun servile», el suplicio de los esclavos. La condena a morir en la cruz manifestaba el estatus social del «criminal». Quien escuchaba a Pablo decir «yo, y la gente que, como yo es cristiana, somos esclavos de un crucificado llamado Jesús», lo que entendía era: son esclavos de un esclavo.

El Pablo que escribió estas palabras tan fuertes se encontraba en el polo opuesto de pensamiento en el que me encontraba yo cuando me convertí. Él podría haberse presentado como «Pablo, el ciudadano romano, el gran intelectual» , pero prefirió hacerlo como «el esclavo de un esclavo». No le importó suicidarse socialmente, ser tachado de ciudadano de segunda, y con esa actitud nos inspira valor.

¿Te importan los prejuicios sociales contra la religión? ¿Evitas decir que sigues a Cristo? ¿Intentas evadir el tema cuando estás con gente que no cree como tú? Sé imitadora de Pablo, así como él lo era de Cristo (1 Cor. 11: 1). Yo así lo hice, y ahora no solo no me avergüenzo de pertenecer a esta Iglesia, sino que hablar de ella me resulta una delicia porque, interiormente, pienso que Dios usará esa conversación para cumplir su propósito de salvar.

«Los hombres a quienes se les ordena llevar al esclavo a su castigo, le extienden los brazos y le atan las manos a un pedazo de madera». Dionisio de Halicarnaso, siglo I a. C.

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