|
No poder disponer de un lugar seguro donde cobijarse en ciertas circunstancias puede ser muy duro. Al decirle aquel anciano que no tenía otra opción que pasar aquella noche desapacible intentando dormir en la calle, Abi quedó tan impresionada que, sin pensárselo dos veces, lo invitó a su apartamento de estudiante.
Claro, llevarse a casa a pasar la noche a un desconocido, por muy pobre y anciano que fuese, a muchos padres, podría resultarnos inquietante. Por eso, uno de nuestros hijos, amigo de Abi, le ofreció su protección de improvisado «guardaespaldas» (¿?), y se quedó aquella noche para garantizar la seguridad de la estudiante y del anciano SDF («sin domicilio fijo»).
Jesús conoció en primera persona lo que se siente cuando no se tiene el abrigo de ningún lugar donde guarecerse. Situación en la que se encuentran, tristemente, miles de personas en pleno siglo XXI, incluso en algunos de los países más ricos del mundo.
Por eso, ante la avalancha de «sin techo» que llegaban sin cesar a esta zona, nuestros vecinos de ADRA-Sagunto reaccionaron con una iniciativa muy solidaria. Decidieron construir una casa de acogida («La Casa Grande» se llamaría finalmente), para recoger a personas sin techo, para que pudieran bañarse, lavarse la ropa, comer y pasar las noches que fuera necesario hasta encontrar trabajo o algún alojamiento mejor.
El proyecto parecía muy ambicioso, pero pronto fue acogido con entusiasmo: un empresario donó el terreno y muchos otros se le unieron para donar ladrillos, viguetas, baldosas, cemento y todos los demás materiales de construcción y todo el mobiliario necesario para hacer la casa habitable. La cosa empezó muy modesta, pero una nube de voluntarios, muchos con gran experiencia en albañilería, carpintería, fontanería, electricidad, pintura, etcétera, y muchos más que solo podían aportar su buena voluntad. se pusieron a trabajar a las órdenes de profesionales expertos, y en poco tiempo La Casa Grande empezó a poder recibir a personas sin techo que lloraban de gozo al encontrar allí no solo un refugio acogedor, sino además una acogida fraternal de solidaridad sin barreras.
Hoy La Casa Grande hospeda en su seno, unos días por otros, a unas setenta personas. Jesús vivió momentos en los que no tenía donde reclinar su cabeza. Sabe cuánto cuesta acoger al extranjero, al sin techo y al refugiado. Pero nos dice. que acoger al sin techo es como recibirlo a él (Mat. 25: 35).
Señor, enséñame a acoger como tú.
FRENTE AL DOLOR