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Versículo:“En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon. [...] Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas” (2 Timoteo 4:16, 17).
La vida del apóstol Pablo es una gran inspiración. Aprendemos mucho con sus historias, crecemos con sus orientaciones y recibimos ánimo y valor con su ejemplo de vida. De manera especial, los momentos difíciles de la existencia de ese héroe del evangelio me tocan y me hacen pensar en nuestro papel como cristianos en los días de hoy.
Posiblemente, en el momento de su llamado en el camino hacia Damasco el apóstol Pablo no había imaginado la dimensión del sufrimiento que enfrentaría durante su ministerio. Sin embargo, el Señor le había revelado a Ananías que el nuevo converso sufriría por su nombre (Hech. 9:16). El apóstol perdió todo por amor a Cristo, incluso algunos amigos, poco antes de su muerte.
Cuando convivimos con la desilusión de ser abandonados o traicionados por personas que admiramos, y nos sentimos solos cuando más nos gustaría tener a alguien a nuestro lado, nosotros también sufrimos mucho. Al final de cuentas, “el anhelo de amor y simpatía ha sido implantado en el corazón por Dios mismo” (Los hechos de los apóstoles, p. 405).
El propio “Cristo, en su hora de agonía en el Getsemaní anheló la simpatía de sus discípulos” (íbíd.), pero lo dejaron solo. En los momentos de mayor sufrimiento, sus amigos más próximos prefirieron dormir.
De manera semejante, el apóstol Pablo también enfrentó sus momentos más difíciles solo. Elena de White nos dice: “Los pocos amigos que habían compartido las penurias del apóstol comenzaron ahora a abandonarlo; algunos simplemente lo dejaron solo, otros salieron a cumplir misiones definidas en favor de diversas iglesias” (ibíd., pp. 404, 405).
¿Puedes imaginar la tristeza y el sufrimiento del apóstol? Su fortaleza, a pesar de todo, provenía de lo Alto. Él se mantuvo firme: “El Señor me asistió y me revistió de fuerzas”.
Tal vez estés terminando el año cansado, y con el gusto amargo de alguna decepción. Puedes tener la plena seguridad de que en momentos así, Dios jamás te dejará solo. Cuando te sientas abandonado, mira al cielo y siente la compañía de Dios. ¡Él nunca abandona a un hijo fiel!