Devocionales Matutinos

La Gran Prueba

Mujeres · Del libro Santuario

Versículo:

Mira, la obediencia vale más que el sacrificio, 1 Samuel 15: 22.

YO TENÍA DOCE AÑOS cuando una prima de mi madre se casó. En mi cultura, se espera que los parientes ayuden con los preparativos en acontecimientos especiales como ese. Mi madre no pudo ir porque tenía hijos pequeños en casa. Mi hermana mayor tenía muchas ganas de ir, pero mamá me dijo que fuera yo en su lugar. La familia vivía a varios kilómetros de distancia, así que tendría que quedarme allá uno o dos días. Cuando llegué, ya había una multitud. La familia era adinerada y tenían una casa grande. Estaba tímida y nerviosa porque no conocía a todos los parientes. Una prima grande se encargó de mí, me dio mucho gusto que me acompañara.

Al día siguiente fue la boda. Después del desayuno, el padre de la novia reunió a las mujeres de su familia en su habitación. Echó el cerrojo, abrió una gran caja fuerte, sacó muchas joyas y las esparció en su cama. Sus hijas nos entregaron collares y otras joyas para que las usáramos solamente ese día.

-Este pequeño collar es para ti -me dijo una de mis primas.

Cuando dije que yo no usaba joyas, todas se sorprendieron. Se esforzaron para convencerme de usar el collar, pero sin éxito. Luego se pusieron serias y dijeron con firmeza que tenía la obligación de usarlo solo ese día.

Me asusté. Así que probaron una táctica diferente. Jugaron cariñosamente conmigo y dijeron que podría llevármelo a mi casa y conservarlo para siempre. Rechacé todas sus ofertas. Todas las miradas estaban posadas en mí me sentí como una delincuente. Deseé salir corriendo.

-Ya déjenla en paz -dijo entonces una voz. Acepté un chal que me ofrecieron.

Cuando mi madre y mis hermanas llegaron para la ceremonia esa tarde, corrí y abracé llorando a mi madre. El suplicio de la mañana había sido demasiado para mí. Mi mamá sostuvo mi frente y dijo que ardía de fiebre. Le dije que me quería ir mi hermana rebosó de alegría cuando se quedó en mi lugar, para que mamá y yo volviéramos a casa. Una vez ahí, medio una merienda y me acostó. Me recuperé a la mañana siguiente.

Estoy feliz de haber hecho lo que creía que Dios quería que hiciera, aunque no lo entendía completamente.

Birol Charlotte Christo

Devocionales del Sábado, 30 de septiembre de 2017 ›