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Versículo:Oren unos por otros. Así sanarán, ya que es muy poderosa la oración perseverante del justo, Santiago 5: 16.
ERA LA MAÑANA DEL MARTES y me dirigía al hospital a que me pusieran un marcapasos justo debajo de mi clavícula izquierda. Sería mi primera cirugía y me veía asombrosamente tranquila, consideradas las circunstancias. Sabía que muchas oraciones ascendían a Dios a favor mío. Mis hermanas e hijas oraban, así como muchas amigas. Miembros de la iglesia de mi hija oraban, igual que miembros de mi iglesia. Mi otra hija pidió a sus alumnos que también oraran.
Me llevó un tiempo dar mi consentimiento para que me operaran, después de que mi joven cardiólogo primero sugirió (luego insistió), que el marcapasos ayudaría a regular mi corazón. Leí toda la literatura y vi videos sobre los marcapasos. Pregunté al doctor si la fibrilación auricular cesaría y podría dejar de tomar medicamentos. No pudo asegurarlo, así que le pregunté por qué quería que me hicieran la cirugía.
-Su corazón no se puede regular con pastillas -indicó.
Cuando llegué al hospital, la mujer en la recepción tomó mis datos y me puso en la muñeca un brazalete de plástico, antes de enviarme al siguiente departamento. Ahí, una enfermera me tomó la presión y me sacó una muestra de sangre. Me dieron una de esas batas nada elegantes que se anudan por detrás; otra enfermera me hizo un electrocardiograma y me envió a que me sacaran rayos X del área del tórax que contiene mi corazón. Justo cuando una enfermera terminaba el segundo intento de canalizarme, mis tres amigas entraron a la habitación para acompañarme. Luego el cirujano se presentó, me dijo que me visitera y volviera a mi casa. Después de revisar mi caso, no quería tomar una medida tan drástica como implantarme un marcapasos, primero quería hacer la prueba de reducir mi medicación.
¡Por supuesto que me asombró y alivió el anuncio del doctor! Di a Dios la gloria por haberme salvado de una cirugía mediante el poder de la oración. Alabo a Dios, pues la respuesta a las oraciones superó mis expectativas. Estoy de acuerdo con Pablo: «No sabemos lo que nos conviene pedir» (Romanos 8: 26).
Retha McCarty