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Versículo:«Traigan los diezmos íntegros a los almacenes del Templo para que no falten víveres en él; pónganme a prueba procediendo asídice el Señor del universo- y verán cómo abro las ventanas del cielo para derramar sobre ustedes bendiciones a raudales. Alejaré de ustedes la plaga voraz para que no destruya el fruto de su tierra ni malogre el viñedo de sus campos», Malaquías 3: 10, 11. Década uno según le dicte su conciencia, pero no a regañadientes o por compromiso, pues Dios ama a quien da con alegría, Dios, por su parte, tiene poder para colmarlos de bendiciones de modo que, siempre y en cualquier circunstancia, tengan ustedes lo necesario y hasta les sobre para que puedan hacer toda clase de buenas obras, 2 Corintios 9: 7,8.
CUANDO ERA NIÑA, me era difícil aprender a ser una dadora alegre. La primera vez que recibí una mesada, pensé en todo lo que podría comprar. Recibía 25 centavos a la semana para gastarlos como quisiera, pero mi madre y mis maestras insistían en que diera el 10% de diezmo. Según mis cálculos, iban a ser 2% centavos semanales y pensé que como no podía partir un centavo a la mitad, lo guardaría una semana y lo agregaría a la siguiente. Razoné que eso no sería robarle a Dios. Aunque, de mala gana, di tres centavos cada semana.
Cuando estuve en la universidad no pude darme el lujo de diezmar, pues mi pequeño presupuesto incluía transporte, comida, renta y otros gastos. ¡Nada me sobraba! (No tenía que pagar colegiatura o comprar libros, pues Dios ya había solucionado todo eso.)
Tiempo después, como joven adulta, dudé en dar mi diezmo porque tenía cuentas por pagar y mi presupuesto siempre era muy escaso. Así que di pequeñas ofrendas pero no el diezmo. A medida que conocí mejor la Palabra y me esforcé por hacerlo bueno, tuve la impresión de probar qué hacía Dios por mí. Me ha probado vez tras vez cómo me llenará de bendiciones abundantes si confío y obedezco. En consecuencia, disfruto ser mayordoma de Dios y con gusto devuelvo mi tiempo, talento y tesoros al Señor, mi supremo proveedor. No puedo deshacer el pasado, pero reconozco mi pérdida de conexión al pedir guía divina en mi caminata diaria.
Betty G. Perry