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Versículo:«Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo.» (Efesios 4: 25).
Para un golfista novato como yo, encontrar una pelota es un milagro. Soy incapaz de no perder unas cuantas cada vez que juego, aunque sea un campo de solo nueve hoyos. Y las pelotas de golf son bastante caras (incluso las más baratas). Recuperarlas ayuda a ahorrar dinero y también es bueno para la autoestima, porque después de haber dado un golpe pésimo es genial poder decir: «¡¡¡La encontré!!!».
Un día estaba jugando al golf con unos amigos de la iglesia, demostrando mi incompetencia, cuando de pronto di un golpe espectacular. La pelota se elevó por el aire y cayó muy cerca del hoyo. Triunfante, comencé a subir la colina para ir a dar el próximo golpe cuando me encontré con una pelota que no era nuestra. La recogí del suelo y la mostré en alto a mis amigos cuando, de pronto, vi que un golfista se acercaba hacia mí colina abajo desde el siguiente green. En cuanto me di cuenta, dejé caer la pelota detrás de mí y fingí que le estaba hablando a mi amigo. Entonces corrí tan rápido como pude colina arriba antes de que aquel golfista me viera. Jadeando, por fin llegué adonde me esperaba mi amigo, observándome. «Casi, casi», me dijo, mientras miraba de refilón al otro golfista, que ya estaba continuando su partido. En mi opinión, una pelota tan mal lanzada como aquella merecía haberse perdido para siempre (en comparación con mi golpe que había sido tan bueno).
Yo pude haber dejado que aquel hombre se rompiera la cabeza intentando averiguar dónde estaba su pelota (cuando realidad estaba en mi bolsillo) pero preferí devolvérsela. Ya hubiera sido bastante vergonzoso que me hubiera visto recoger la pelota del suelo y llevármela al bolsillo. Aquí está la clave. A veces nos resulta fácil salirnos con la nuestra a costa del vecino. No tiene que ser en cosas grandes, puede ser en cosas pequeñas como simplemente leer los mensajes de su celular, quedarnos con dinero que ha dejado sobre la mesa, o incluso no reconocer nuestros errores cuando le hemos hecho daño. En todo lo que hagas hoy, intenta ser íntegro y digno de confianza con todas las personas con las que trates. Especialmente sé íntegro en aquellas cosas que solo Dios y tú pueden ver.
SP
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