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Versículo:El rey Belsasar ofreció un gran banquetea mil miembros de la nobleza, y bebió vino con ellos hasta emborracharse (Daniel 5: 1).
El lugar estaba a todo dar Tipos vestidos de punto en blanco por todas partes. Lindas chicas con poca ropa caminaban por ahí. Su maquillaje perfecto y sus miradas tentadoras lo decían todo. Iba a ser una noche para recordar.
El rey Belsasar debió pensar mejor. Ya conocía la historia de cómo Dios había humillado a su abuelo Nabucodonosor cuando a este se le subieron los humos a la cabeza. Durante siete años, el abuelo Nab vivió como animal, corriendo desnudo de un lado a otro, comiendo pasto con el ganado. Pero luego testificó: «Pasado ese tiempo yo, Nabucodonosor, elevé los ojos al cielo, y recobré el juicio. Entonces alabé al Altísimo; honré y glorifiqué al que vive para siempre: Su dominio es eterno; su reino permanece para siempre» (Daniel 4: 34). Qué cambio, ¿verdad?
Cegado por su ambición y deseos de grandeza, Belsasar olvidó esa gran historia. Como el vino corría a chorros, las piernas del rey empezaron a temblar y su juicio se debilitó. Entonces cometió su último error.
«Mientras brindaban, Belsasar mandó que le trajeran las copas de oro y de plata que Nabucodonosor, su padre, había tomado del templo de Jerusalén. Y así se hizo. Le llevaron las copas, y en ellas bebieron el rey y sus nobles, junto con sus esposas y concubinas» (Daniel 5: 2, 3).
Digo, a Dios le gusta festejar, especialmente cuando los pecadores deciden seguirlo (Lucas 15: 10). Pero el Señor no fue invitado a la juerga de Belsasar. De todas maneras, ¡no era el tipo de fiesta que a Dios le gusta! Pero cuando Belsasar decidió beber vino en las copas que pertenecían al Templo, no se dio cuenta de que en ese preciso momento enviaba una invitación a Dios. Y quién lo hubiera pensado, ¡el Señor se presentó!
En ese momento, en la sala del palacio apareció una mano que, a la luz de las lámparas, escribía con el dedo sobre la parte blanca de la pared. Mientras el rey observaba la mano que escribía, el rostro le palideció del susto, las rodillas comenzaron a temblarle, y apenas podía sostenerse (Daniel 5: 5, 6).
Cuando nadie pudo interpretar el mensaje, llamaron nuevamente a Daniel. El profeta lo interpretó y dio la mala noticia a Belsasar. Dios tenía contados los días de su reinado y anticipó su fin en plena fiesta. Esa misma noche, los persas conquistaron Babilonia (vers. 30, 31).
NO DEJES DE LEER
Daniel 4-6
¿Qué cosas hacen las personas cuando las dominan los celos? Daniel 6: 4, 5.