Devocionales Matutinos

El Rey de Jerusalén

Adultos 10 · Del libro La maravillosa gracia de Dios

Versículo:

Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey. Salmos 48:2.

Desde lo alto del Monte de los Olivos miraba Jesús a Jerusalén, que ofrecía a sus ojos un cuadro de hermosura y de paz... Los últimos rayos del sol poniente... al hundirse en el ocaso hacían resplandecer el oro de puertas, torres y pináculos. Y así destacábase la gran ciudad, "perfección de hermosura", orgullo de la nación judaica. ¡Qué hijo de Israel podía permanecer ante semejante espectáculo sin sentirse conmovido de gozo y admiración! Pero eran muy ajenos a todo esto los pensamientos que embargaban la mente de Jesús. "Como llegó cerca, viendo la ciudad, lloró sobre ella". Lucas 19:41. En medio del regocijo que provocara su entrada triunfal, mientras el gentío agitaba palmas, y alegres hosannas repercutían en los montes, y mil voces le proclamaban Rey, el Redentor del mundo se sintió abrumado por súbita y misteriosa tristeza. El, el Hijo de Dios, el Prometido de Israel, que había vencido a la muerte arrebatándole sus cautivos, lloraba, no presa de común abatimiento, sino dominado por intensa e irreprimible agonía.

No lloraba por sí mismo... Lloraba por el fatal destino de los millares de Jerusalén, por la ceguedad y por la dureza de corazón de aquellos a quienes él viniera a bendecir y salvar...

A pesar de recibir por recompensa el mal por el bien y el odio a cambio de su amor, prosiguió con firmeza su misión de paz y misericordia. Jamás fue rechazado ninguno de los que se acercaron a él en busca de su gracia... Israel empero se alejó de él, apartándose así de su mejor Amigo y de su único Auxiliador. Su amor fue despreciado, rechazados sus dulces consejos y ridiculizadas sus cariñosas amonestaciones...

Cuando Cristo estuviera clavado en la cruz del Calvario, ya habría transcurrido para Israel su día como nación favorecida y saciada de las bendiciones de Dios... Mientras Jesús fijaba su mirada en Jerusalén, veía la ruina de toda una ciudad, de todo un pueblo; de aquella ciudad y de aquel pueblo que habían sido elegidos de Dios, su especial tesoro.—El Conflicto de los Siglos, 19-23.

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DEVOCIONAL

LA MARAVILLOSA GRACIA DE DIOS

Elena G. de White

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