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Versículo:El ángel me dijo: «Escribe: "Bienaventurados los que han sido invitados a la cena de las bodas del Cordero"». Y también me dijo: «Éstas son palabras verdaderas de Dios» (Apocalipsis 19:9).
EL 29 DE ABRIL DE 2011 unas 2000 millones de personas de todo el mundo miraron a través de la televisión y de las redes sociales la boda real protagonizada por el príncipe William de Inglaterra y la plebeya Kate Middleton. Al mismo tiempo, cientos de miles de personas que habían acampado por horas y algunas por días, llenaron las calles para ovacionar a la flamante pareja de la realeza que prometía, en un templo de lujo, estar juntos para toda la vida.
En un despliegue de ostentación, comidas exóticas y finos arreglos, la fiesta se realizó en la compañía de 1900 invitados de todo el mundo, ya que estuvieron presentes miembros de monarquías europeas, celebridades, líderes políticos y amigos íntimos de la pareja. Canales de noticias de todo el mundo hicieron eco, por largas horas, de uno de los casamientos más mediáticos de la última década, tratando de sobresalir unos de otros al relatar finos detalles de cada situación.
Pero aunque 2000 millones de personas hayan visto de alguna manera la boda real, este número no es ni siquiera un tercio de la población mundial. Es decir que más de 4000 millones no miraron la boda porque estuvieron trabajando, durmiendo, realizando algún deporte o sencillamente no les interesaba.
A medida que avanza la historia de este mundo, nos aproximamos a otra cena real, llamada en las Escrituras: «La cena de las bodas del Cordero». Jesús, e! Salvador del mundo, se unirá a su iglesia para compartir la eternidad sin la presencia del pecado. Todos estamos invitados para participar de dicha ceremonia; lo único que hay que hacer es aceptar por fe el ofrecimiento de salvación. Es verdad que habrá muchos que no les interesará estar presentes, pero quienes somos hijos de Dios no debemos faltar.
«Se piensa que es un gran honor ser invitado a la presencia de un rey terrenal. Pero consideremos el sorprendente privilegio que se nos ofrece. Si obedecemos los requerimientos de Dios, somos hijos e hijas del Rey del universo. Mediante un Salvador crucificado y resucitado podemos estar llenos de frutos de justicia y preparados para brillar en las cortes del Rey de reyes por las edades sin fin [...] Nuestro trabajo consiste en buscar la unión más íntima posible con el Hijo de Dios, aprender en su escuela y llegar a ser mansos y humildes de corazón para hacer las obras de Cristo, extender su reino y apresurar su venida» (Elena G. White, Recibiréis poder, p. 251).
Ejemplos y enseñanzas del gran Maestro.