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Versículo:Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio (Eclesiastés 12:7).
Dustin vivió los primeros 22 años de su vida sin armar un muñeco de nieve. Yo no podía aceptar eso, así que cuando vino de visita a Maine en pleno invierno, lo llevé afuera. La nieve estaba demasiado congelada como para manipularla bien, pero logramos presionar suficiente nieve para formar un bebé de nieve con ojos y boca de golosinas.
Dustin regresó a la universidad y yo pasaba frente al bebé de nieve a diario. Cada día estaba un poquito más bajito. La nieve que lo rodeaba comenzó a desaparecer. Pronto solo quedaba un pequeño círculo de nieve. Entonces, el agua se absorbió del todo en el suelo y ya no vi más al bebé de nieve.
Dios hizo a Adán del polvo de la tierra; pero a diferencia de Dustin y yo, Dios creó un ser humano perfecto que nunca tendría que morir. Lamentablemente, Adán decidió desobedecer los mandamientos de Dios, y el pecado entró al mundo. Desde ese momento, Adán comenzó a deteriorarse lentamente, “porque la paga del pecado es muerte” (Rom. 6:23).
Todos hemos pecado y, como el bebé de nieve, nos acercamos más a la muerte cada día que pasa. Si Jesús no regresa pronto, volveremos al polvo del que Dios nos creó. Afortunadamente, tenemos la esperanza de la vida más allá de la muerte, porque “la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 6:23).