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Versículo:Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Corintios 3:18).
Cuando comencé a buscar un velo para mi boda hace algunos años, no tenía idea de lo que quería. Dustin había dejado entrever que no le gustaban los velos con encaje, pero los distintos tipos de tocados, bordados y volumen me asombraban. Incluso la gran variedad de largos parecía abrumadora. Lo único que sabía con seguridad era que quería un velo corto para el rostro.
En mi mente, el velo pierde todo su significado si no tiene un velo corto delantero: la parte del velo que cubre el rostro de la novia. Durante la ceremonia, el padre de la novia levanta el velo corto, simbolizando que ahora nada la separa del novio. Luego de esa primera parte de la entrada por el pasillo hacia el altar, el velo queda totalmente detrás de la novia porque nada puede interferir entre los novios. Siempre me gustó ese simbolismo, y quería mantener esa tradición en mi boda.
Incluso fuera del matrimonio, los velos simbolizan reserva. Muestran que quienes los usan están separados de algún modo de quienes los rodean. Pero cuando se retira un velo, podemos ver bien a las personas, ya nada nos desconecta. Pablo usó esta analogía cuando escribió: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18). Cuando tenemos la “cara descubierta”, ya nada interfiere entre nosotros y Jesús.
Podemos verlo claramente; y cuando lo contemplamos, él nos transforma a su imagen. Quitémonos los velos que no nos dejan ver a Jesús y su amor. Jesús quiere tener una relación eterna con nosotros. No podemos dejar que nada se interponga ante eso.