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Versículo:Cuando hayan entrado ustedes en la tierra que yo les voy a dar, y hayan cosechado su trigo, deberán presentar al sacerdote el primer manojo de su cosecha» (Levítico 23: 10).
El día catorce del primer mes del calendario religioso de Israel se celebraba la Pascua; al día siguiente, el quince, empezaba la fiesta del pan sin levadura la cual duraba siete días (15-21). El segundo día de la fiesta del pan sin levadura (al tercer día de la pascua) el dieciséis, se celebraba la ceremonia de los Primeros Frutos. Por lo tanto, esta era una fiesta dentro de otra.
La gente presentaba una gavilla al Señor que contenía los primeros frutos de la cosecha de cebada. La gavilla era mecida delante del Señor. Este acto simbolizaba la entrega a Dios de los primeros frutos de la tierra. Esos primeros frutos eran una garantía de que cincuenta días después tendrían una cosecha abundante.
Ese acto implicaba darle siempre lo mejor y lo primero a Dios. Asimismo, expresaba gratitud al Señor por sus provisiones. Nosotros honramos el sentido de esta celebración cuando le concedemos a Dios los primeros minutos de cada día; cuando le reservamos lo mejor de nuestra energía para servirlo; cuando recibimos dinero y lo primero que separamos es una ofrenda para entregarla en el templo; cuando nuestros primeros pensamientos de cada día se elevan en oración al Señor.
Pero el significado más maravilloso de los primeros frutos es la resurrección de Jesús. Jesús murió y al tercer día resucitó. Según el apóstol Pablo, Jesús es la primicia, asegurando que los justos resucitarán cuando vuelva por segunda vez: «Lo cierto es que Cristo ha resucitado. Él es el primer fruto de la cosecha: ha sido el primero en resucitar» (1 Corintios 15:20). En esa ocasión Jesús no resucitó solo, lo acompañó un grupo de personas que habían muerto con fe en Dios y también resucitaron: «Los sepulcros se abrieron; y hasta muchas personas santas, que habían muerto, volvieron a la vida» (Mateo 27:52). De tal manera que ese grupo constituye los primeros frutos de una abundante cosecha que se levantará cuando Jesús vuelva. Ellos son la garantía de que Jesús cumplirá su promesa. Pablo culmina su razonamiento de nuestra bendita esperanza: «Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos tendrán vida» (1 Corintios 15: 22).