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Versículo:«“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” —le respondió Jesús—. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”» (Mat. 22:37-39, NVI).
CADA PRIMAVERA, el padre del pintor español Javier Winthuysen pintaba la fachada de su casa. Y siempre, sin falta, mandaba al pintor a la casa del vecino de enfrente a preguntarle de qué color quería que la pintara. Su filosofía era: «Él es quien ha de verla y disfrutarla, así que es natural que yo la pinte a su gusto».* ¿Natural? Bueno, depende de la «naturaleza» de cada uno. Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste en ser amado, no en amar; en cómo lograr ser dignos de recibir amor. Por esta razón nos esforzamos en caer bien, tener buena imagen, hacer amigos... pero es porque nuestra naturaleza está afectada por el pecado, y por el egocentrismo que lo caracteriza. No es de extrañar que, con este concepto del amor, tan a menudo fracasen nuestras relaciones y se vean frustradas nuestras expectativas.
El concepto bíblico del amor es de naturaleza radicalmente distinta. «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mat. 22: 39); leemos. Y este principio depende de una premisa previa: «Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mat. 22:37). Es así como la fe y el verdadero amor van inevitablemente de la mano. La única manera de mostrar amor desinteresado y sin acepción de personas es habiendo conocido primero a Dios, porque «Dios es amor» (1 Juan 4:8), y «todo el que ama es hijo de Dios y conoce a Dios» (1 Juan 4: 7). Cuando nuestra naturaleza es convertida, y la naturaleza de Dios ejerce una influencia sobre nuestra manera de pensar y ver la vida, podemos entender realmente el amor.
Nuestro protagonista del relato de hoy tenía clara una cosa: el amor «no busca lo suyo» (1 Cor, 13:5, RV95). Y esta actitud fundamental es aplicable a toda situación. Vivimos para hacer el bien a los demás; simple y llanamente.
«El amor es una actividad, no un afecto pasivo; es un “estar continuado”, no un “súbito arranque”. En el sentido más general, puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir».** Quizás por eso «hay más dicha en dar que en recibir» (Hech. 20:35).
“El amor es un acto de fe, y todo lo que sea de poca fe, también será de poco amor”. Erich Fromm
* Anécdota contada por el escritor español Juan Ramón Jiménez en El trabajo gustoso.
** Erich Fromm, El arte de amar, capítulo 2.
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