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Versículo:Entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor (Mateo 20:26).
Qué orgullosa se sentía la esposa de Zebedeo al ver a sus hijos entre los apóstoles de Jesús! Santiago y Juan formaron parte del primer grupo de los que habían abandonado su hogar y amigos para estar con él. Eran sus amigos allegados, convivían con él, y eran instruidos y acogidos por él. En el ardor del afecto, desearon una mayor proximidad en el reino. La madre de Santiago y Juan era una seguidora de Cristo. Pero en su manera tergiversada de amarlo ambicionaba para sus hijos el lugar más honroso en el reino.
Como era la época de la Pascua, Jesús fue a Jerusalén. Llamando a los doce discípulos, Jesús les explicó lo que sufriría, pero los discípulos no lo comprendieron. Les parecía raro que hablara de humillación, traición y muerte, cuando había prometido que se sentarían en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Creían en el reino inmediato. Entonces la madre protectora le solicitó a Jesús que pusiera a uno de sus hijos a su derecha y al otro a su izquierda.
Jesús no la recriminó. Tampoco recriminó a sus hijos por haber buscado preeminencia por sobre los demás discípulos. Sabía que lo amaban, aunque imperfectamente. Por eso, procuró profundizar ese amor, instándolos a pensar si beberían el cáliz que él debía beber. Intentó hacerlos comprender que el reino de Dios tiene una lógica distinta de la humana. Un trono o una corona no son premios por favoritismo, sino garantías de victoria sobre el propio yo, por medio de la gracia divina.
Jesús notó la irritación de los otros discípulos ante la solicitud. Pero eso era lo que los demás también querían. Así, dijo: "Entre ustedes no debe ser así" (Mat. 20:26).
En la lógica del mundo, la posición implica el ensalzamiento propio y la existencia de dominados y dominantes. En la lógica del reino de Cristo, las personas son llamadas "no a asumir autoridad, sino a servir, a sobrellevar los fuertes las flaquezas de los débiles. El poder, la posición, el talento y la educación colocaban a su poseedor bajo una obligación mayor de servir a sus semejantes" (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, pág. 504).
Tal vez cometamos ese error. Somos cristianas, amamos a Dios y profesamos servirlo. Pero ¿cómo lidiamos con nuestro cónyuge, hijos, compañeros de trabajo, hermanos de iglesia y no cristianos? La grandeza, en el reino de Dios, es servir a nuestro prójimo y no ejercer poder sobre él.
¡Que Dios te dé la grandeza de Cristo, transformándote en una servidora de tus prójimos!