Devocionales Matutinos

¡Que Vuelvan Aquellos Días!

Adolescentes · Del libro UN AÑO EN LA PALABRA

Versículo:

¡Qué días aquellos, cuando yo estaba en mi apogeo y Dios bendecía mí casa con su íntima amistad! Cuando aún estaba conmigo el Todopoderoso, y mis hijos me rodeaban (Job 29: 4, 5).

Mis dos abuelos fallecieron hace muchos años, pero los recuerdos que tengo de ellos aún están frescos en mi memoria.

Mi abuelito Joseph, el padre de mi padre, era diferente de casi cualquier hombre que yo haya conocido. Se mudó a vivir con nosotros antes de que le diera una apoplejía. Lo que aprecié más del abuelo Jo es que siempre tuviera tiempo para nosotros. De veras, no importaba a qué hora del día o de la noche, si te aparecías en su cuarto, él se animaba.

Cuando vino a vivir con nosotros por primera vez, el abuelo fumaba muchísimo. De niño yo me quedaba detrás de él, atento al momento en que tirara la colilla de su cigarrillo. Esperaba hasta que se fuera para recogerla y darle una pitada. Eso estaba mal, pero tenía que probar. El abuelo se veía tan genial que yo solamente quería ser como él. Después de unas fuertes bocanadas y casi asfixiarme, decidí dejar el vicio antes de tenerlo. Mi abuelo también lo dejó más tarde, cuando aceptó a Jesús como su Salvador.

¡Si tan solo pudiera retroceder las agujas del reloj y ver a mis dos abuelos nuevamente!

Al abuelo Jo le encantaba jugar conmigo y mis cuatro hermanos. Nos ponía apodos a todos y compartía lo que tuviera a la mano. A causa de lo mucho que nos cuidaba, de su disposición para dedicarnos tiempo y lo generoso que era con sus cosas, no podíamos menos que respetarlo. Yo lo respeté siempre, y aún ahora no puedo recordar que alguno de nosotros haya dicho o hecho algo que evidenciara alguna falta de respeto al abuelo. Se había ganado ese respeto, y todos se lo daban, hasta mis padres.

Una de las cosas que Job odiaba de haber perdido a sus hijos, sus posesiones y su salud, fue cómo cambió la opinión que otros tenían de él. «Los jóvenes al verme se hacían a un lado, y los ancianos se ponían de pie» (Job 29: 8), suspiró Job. «¡Y ahora resulta que de mí se burlan jovencitos a cuyos padres no habría puesto ni con mis perros ovejeros!» (Job 30: 1). A Job ya no lo respetaban ni jóvenes, ni viejos. Pero lo que Job extrañaba, incluso más que el respeto de los demás, era su amistad con Dios. Perdió la presencia del Señor en su vida, y enloquecía cuando pensaba en ello.

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Job 28-30

¿Qué nos dice Job 31: 1 acerca de cómo permanecer puros y santos?

Devocionales del Miércoles, 30 de mayo de 2018 ›