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Versículo:Pues todos los seres humanos son míos para juzgar, los padres y los hijos por igual. Esta es mi regla: la persona que peque es la que morirá. Ezequiel 18:4.
El cólera, enfermedad sumamente contagiosa, era muy común en el siglo XIX. La bacteria se alojaba en los intestinos y contaminaba todo el sistema. Diarrea y vómitos severos debilitaban a sus víctimas, a tal punto que morían en pocos días. Miles de personas se contagiaban, y era poco lo que los médicos podían hacer para ayudarlas.
Hoy existe una vacuna que nos ayuda a evitar el contagio del cólera, pero en 1893 todavía no existía. La única manera de evadir la enfermedad era evitando el contacto con los infectados; y eso era sumamente difícil cuando una epidemia azotaba algún pueblo, ya que en prácticamente cada hogar había por lo menos un enfermo. Tenían que hervir el agua que bebían.
En el otoño de 1893, una epidemia de cólera se extendió por toda la ciudad de San Petersburgo, Rusia. Haciendo caso omiso del peligro, Pedro Tchaikovsky bebía agua cruda. Tenía sed, y no siempre tenía agua hervida disponible. Como no quería tomarse la molestia de hervirla y esperar a que enfriara, la tomaba en su estado natural cada vez que tenía sed; quería satisfacerla instantáneamente.
Al poco tiempo, el hombre que escribió la suite "El Cascanueces" murió, ya que los gérmenes del cólera invadieron su organismo. Los resultados serán los mismos seas rico o pobre, inteligente o ignorante, famoso o desconocido; a los gérmenes del cólera no les interesa si eres un científico brillante, un músico excepcional o un convicto que se ha fugado de la cárcel. La enfermedad no hace acepción de personas.
El pecado se parece mucho al germen del cólera. Te puede contagiar fácilmente algún hermano, hermana, amigo o vecino. Si no lo crees, fíjate cuán rápidamente se difunde por ahí un chiste de tonos subidos. Un jovencito puede llevarlo a la escuela, y antes de terminar la mañana todo el salón lo habrá escuchado. ¿Quién le enseña a un niño a decir malas palabras? Nadie. El lenguaje soez pareciera flotar en el aire. Una persona infecta a otra, hasta que tenemos una epidemia en nuestro medio.
La televisión, la radio, las redes sociales, los equipos de música, los libros y las revistas, al igual que los compañeros de juego o de trabajo, llevan consigo el germen del pecado. Algunos nos parecemos a Tchaikovsky; no queremos tomar ninguna precaución contra el mal. Por alguna razón, creemos que por ser cristianos somos inmunes al pecado. ¡La verdad es que no lo somos! El pecado no respeta a nadie.
Aunque no existía cura para el cólera en los días de Tchaikovsky, sí hay un remedio para el pecado. "La sangre de Jesús [...] nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). ¡Gracias a Dios que no tenemos que morir!
Abril 16