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Versículo:Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león (2 Timoteo 4:17).
Una Navidad, mi hermana y yo recibimos un guante de boxeo cada una, junto con un saco de boxeo inflable de payaso. Luego de que papá terminó de inflar el saco de boxeo, Michelle le dio un puñetazo y yo le di un golpe. Rápidamente, lo golpeamos hasta que quedó en el piso. En pocos minutos, el saco de boxeo dejó de levantarse luego de cada golpe. Los guantes de boxeo nos habían entusiasmado tanto para pelear que habíamos golpeado al pobre inflable hasta que perdió todo el aire. Terminó la lucha y Michelle y yo nos quitamos los guantes, sin saber muy bien qué hacer durante el resto del día.
Las personas suelen usar guantes de boxeo cuando luchan contra un oponente más duro que un payaso inflable; pero de cualquier forma, los guantes de boxeo preceden a una pelea. Nadie se pone guantes de boxeo para ir a darse un baño con burbujas en una bañera. Nadie usa guantes de boxeo para asistir a un té. Cuando alguien se ajusta los guantes de boxeo, es asunto serio. Quiere pelear.
A veces la gente quiere creer que la vida de pronto se volverá fácil cuando aceptan a Jesús en su corazón; pero la vida nunca será fácil en este mundo. Vivimos en un mundo sucio y pecaminoso, y tendremos muchas luchas y dolores antes de que Jesús venga a buscarnos. Pero no tenemos que ceder ante la triste autosuficiencia del mundo. Podemos ponernos la armadura de Dios, que se describe en Efesios 6:10 al 18. Pablo le dijo a la gente de su tiempo que deberíamos luchar con la espada del Espíritu. En la actualidad, podría decir “los guantes de boxeo del Espíritu”. El Espíritu Santo nos puede ayudar a defendernos de la tentación y a luchar a favor del bien. Y así como no usaríamos guantes de boxeo para dormir una siesta, no nos quedaremos sentados cuando el Espíritu Santo entre en nuestra vida. Él nos ayudará a pelear de tal manera que podamos decir: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim. 4:7).