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Versículo:«Las obras del Señor son grandes, y quienes las aman, las estudian». Salmo 111:2
La primera escuela a la cual asistían los niños hebreos era su propia casa. No existían edificios, como tenemos hoy, donde los niños de todas las tribus fueran para aprender de los maestros. De hecho, no había maestros; los maestros eran los padres. Así, los niños de los tiempos del Antiguo Testamento recibían instrucción de sus padres, no solo en las cosas de Dios, sino también en las tareas del campo, la fabricación de tiendas y herramientas, o la pesca. Y todo se enseñaba oralmente, de viva voz. Los padres hablaban con sus hijos, pero no les ponían tareas escritas, ni los mandaban hacer collages ni otras actividades que hoy hacen todos los niños del mundo. Por lo tanto, la familia era el primer centro de enseñanza de la religión, la cultura y los oficios.
Ya en los tiempos del Nuevo Testamento, las cosas habían cambiado. Los niños tenían la oportunidad de aprender en la escuela de los rabinos, además, por supuesto, de que aprendían un oficio en el hogar. Con los rabinos aprendían las Escrituras, y en la casa aprendían todo lo demás. Pero Jesús no fue a las escuelas de los rabinos. Su maestra fue su mamá, María. Cuando cumplió doce años, Jesús fue por primera vez a Jerusalén y se sentó en una clase con los rabinos.
Y tú... ¿te quejas porque tienes que ir a la escuela? ¿O te gusta estudiar? Aprender es muy importante porque te da una visión mejor y más completa de la vida. «Las obras del Señor son grandes, y quienes las aman, las estudian» (Salmo 111:2).
Desafío:Pregunta a tres adultos que admires por qué es importante estudiar. Anota sus respuestas y pégalas en tu cuaderno de estudio.