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Versículo:«Aprovechen bien este momento decisivo, porque los días son malos» (Efesios 5:16).
Cuando llegué a la Universidad Adventista del Pacífico en Papúa Nueva Guinea, el calendario indicaba algunos eventos relacionados con la graduación. Uno de esos eventos, quizás de los más esperados por los estudiantes, era la Cena Especial de Graduandos. Se trataba de una cena de gala donde los muchachos se despedían los unos de los otros y daban gracias a Dios y a la institución por la experiencia formativa vivida durante cuatro años de carrera.
La invitación que me hicieron llegar indicaba estar en el lugar a las 5: 30 p. m. Mi esposa y yo llegamos un poco antes de la hora; cabe decir que el recinto estaba aún siendo acondicionado y no había más que unos pocos muchachos. Los minutos transcurrían y no se veía claro. Varios empleados y estudiantes se acercaron a nosotros a disculparse. «Lo sentimos, pero así es aquí. Es horario de Nueva Guinea». Poco más de tres horas después, el programa inició.
Ese fue un genuino choque cultural para mí. En la cultura del Pacífico Sur, el concepto del tiempo a menudo difiere significativamente de la noción occidental. En muchas sociedades de esa región, el tiempo no se percibe como algo lineal y riguroso, sino más bien como un flujo cíclico y flexible. Para ellos, el tiempo se percibe en términos de ciclos naturales, como las estaciones, las mareas y los ciclos lunares. Los eventos y actividades suelen estar alineados con estos ciclos en lugar de seguir un calendario estricto. Además, las relaciones personales y la comunidad tienen una alta prioridad. Esto significa que las personas pueden considerar que es más importante dedicarles tiempo a las interacciones sociales y comunitarias que adherirse con rigurosidad a horarios preestablecidos.
En el Pacífico Sur aprendí el «evento-centrismo». En lugar de medir el tiempo con precisión, los eventos marcan el paso del tiempo. Una actividad comienza cuando todas las personas necesarias están presentes y no necesariamente a una hora específica. La puntualidad no siempre se valora de la misma manera que en las culturas occidentales. El tiempo puede ser visto como algo más fluido, permitiendo mayor flexibilidad en las agendas diarias.
Más allá de las diferencias culturales, creo que debemos regirnos por principios. El apóstol Pablo habla de aprovechar bien el tiempo y da una explicación: «los días son malos». Esta palabra malos puede entenderse en un sentido físico (llenos de trabajos, molestias y adversidades) o ético (malignos, malvados o perversos). Ambos sentidos aplican. Desde una perspectiva del fin, nuestro tiempo es de tan adverso y malvado que no podemos desaprovecharlo. Entonces, no lo desperdiciemos.