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Versículo:«Hijos, obedezcan a sus padres como agrada al Señor, porque esto es justo» (Efesios 6: 1).
Debido a las muchas actividades de los empleados y docentes de la universidad, así como a la gran necesidad que tienen los estudiantes, no es extraño darles trabajo en la casa para ganar algunos centavos. Ya estábamos acostumbrados a eso en las instituciones en México, y no nos extrañó que así fuera la práctica también en Papúa Nueva Guinea.
Nosotros en casa teníamos una familia de estudiantes que nos ayudaban con el jardín. Recuerdo una ocasión cuando encontré a Wilbert, nuestro trabajador, con sus hijos en uno de los caminos de la institución. Lo saludé y él me devolvió el saludo, pero luego agregó: «Voy a la finca para ver cómo va nuestra hortaliza». Confieso que pensé: «¡Y eso a mí qué me importa!», pero no dije nada. Se trataba de otro choque cultural. BD En las islas del Pacífico Sur, la práctica de decir a dónde se dirige uno al encontrarse con otra persona tiene fundamento. Las sociedades en las islas suelen ser muy comunitarias. Compartir información sobre el destino de uno refuerza la conexión y el sentido de pertenencia dentro de la comunidad. Es una manera de fomentar la cohesión social. En estas culturas, la transparencia es valorada y decir a dónde se dirige uno, puede ayudar a construir y mantener la confianza entre las personas. Es una forma de mostrar que no hay nada que ocultar y que uno es accesible y parte del grupo.
Compartir el destino permite que otros miembros de la comunidad ofrezcan ayuda si es necesario. Por ejemplo, si alguien va a un lugar conocido por tener ciertos peligros o dificultades, otros pueden ofrecer consejo, acompañamiento o asistencia. Siendo que las sociedades del Pacífico Sur tienen una fuerte tradición oral, donde la comunicación directa y la narración son importantes, compartir el destino es parte de este continuo intercambio de información e historias. También es una forma de mostrar cortesía y respeto hacia la otra persona. Es un gesto que reconoce y valida la presencia del otro y su interés en la vida de la persona.
Cuando entendí este lindo rasgo cultural, me di cuenta de que en el Pacífico uno nunca está solo. Alguien está cerca y esa persona puede ayudar si es necesario. Pero, para ello, hay que ser transparente y decir a dónde vamos. Lo mismo sucede con nuestras familias. Los padres necesitan saber dónde andamos no tanto para frustrar la diversión, sino para velar por nuestra seguridad. Ellos nos quieren ayudar porque nos aman. Reconocer esto, dice Pablo, «es justo».