Hoy

El héroe constructor de iglesias

Menores · Del libro Heroes o Villanos

«A la voz del Señor se desató una tormenta que levantaba grandes olas» (Salmos 107: 25).

Conocí a Harold Pamu en el culto de oración de la iglesia de habla inglesa de la Universidad Adventista del Pacífico. Harold, un hombre maduro, pero fuerte aún, era el papá de Miriam Etete, miembro del equipo pastoral de la universidad. Harold había llegado inesperadamente para pasar algunos días con la familia de su hija.

Si bien Miriam y su familia se alegraron de recibir a Harold, no dejaron de expresarle su extrañeza de que llegara tan de repente. Cuando Harold les contó la historia de su visita y tras salir de su asombro, decidieron pedirle que ocupara el púlpito de la iglesia y narrara la historia para beneficio de toda la congregación. Esto fue lo que sucedió.

Harold es un constructor de Dilou, una de las islas de la provincia de Manus en Nueva Guinea. En esa ocasión, los hermanos adventistas de una de las iglesias en la isla Pak le pidieron que los ayudara en el proyecto de edificación de su templo. Para ello, era necesario primero que Harold se trasladara a la isla, viera el lugar, hicieran el trazo del proyecto y se pusieran de acuerdo tanto en el monto de la inversión como el tiempo que llevaría levantar el templo. Harold dispuso de siete días para ello.

La isla a la que viajaría Harold no estaba muy lejos; de hecho, se alcanzaba a ver a la distancia desde su natal Dilou. En su pequeña lancha, el viaje tomaría aproximadamente una hora. Dada la corta distancia y la confianza de tener las islas a la vista, los lugareños no usan aparatos de navegación. Harold no es la excepción. Con sus pertenencias en la lancha y combustible apenas suficiente para el recorrido que haría, se hizo a la mar.

Todo iba bien, excepto que, a media distancia del recorrido, el cielo se oscureció y de repente Harold se vio en medio de una horrible tormenta. Como pudo, trató de sortear el temporal y no detuvo el motor de su lancha porque pensaba que era cuestión de minutos cuando estaría al otro lado de la tormenta. Esos minutos se iban extendiendo más y más y la tormenta no cedía. En su mente, Harold oraba a Dios.

El mar es muy impredecible. Lo que pareciera un tiempo apacible puede volverse, como dice nuestro salmo de hoy, en «una tormenta que levantaba grandes olas». Esas circunstancias son un llamado a la oración. Cuando leamos lo que sigue, veremos por qué hay que orar mucho.